En verano, el ardiente sol que durante el da lo paralizaba todo, se converta al atardecer en una enorme pelota roja que desde encima de las montaas lo tea todo, como si se volcara un cubo de pintura sobre el suelo seco y amarillento. Era entonces cuando salamos a correr por los campos dando gritos con toda la fuerza de nuestros pulmones, como huyendo del mismsimo diablo, riendo y trastabillando entre las arrugas de la tierra que pareca descascarillarse bajo nuestros pies. Justo en esos momentos ramos plenamente felices. Quisiera que la planicie no hubiera acabado nunca, y continuar corriendo bajo aquellas nubes que parecan cargadas de lluvia rojiza.