- Cuando Bill Gates lo llam Ventanas por algo sera. – pensaba mientras tena al menos siete ventanas de distintos programas esparcidas por el escritorio del ordenador. Estaba maximizando y minimizando, en busca de un documento de suma importancia y prioridad cuando son el telfono por ensima vez:
Hay gente que es ms atractiva en algunos momentos que en otros. Y claro est, dependiendo de los ojos que observen y valoren virtudes, la nota es mayor o menor. S Samuel se hubiera cruzado con Olivia cualquier da invernal por Recoletos muy posiblemente ni se hubiera fijado en ella, se hubieran cruzado como dos sombras fras y distantes perdindose entre las calles y avenidas de la urbe. Pero sus vidas se cruzaron en la playa, en pleno mes de Julio.
Olivia trabajaba como auxiliar administrativo para una pequea empresa ubicada en la zona norte de Madrid; cuarenta minutos de atascos rutinarios y cerca de diez o doce horas diarias aguantando a su jefe, un cacique de esos de los que todava dictan las cartas a sus subordinados, como si estuviera dando un discurso en el que la solemnidad ocultara la ineptitud ante un procesador de textos y el teclado del ordenador. Su jefe y los atascos fueron motivo suficiente para que aceptara sin pensarlo la invitacin de Mara, la prima de Samuel, de pasar un par de semanas en la costa levantina.
Samuel lleg cuatro o cinco das ms tarde que Olivia y en seguida hicieron buenas migas. l era buen conversador y tras varias copas de vino podra decirse que incluso parlanchn, lo cierto era que Olivia se diverta bastante en su compaa. Una noche tras una agradable cena en una terraza se desmarcaron de Mara y cuando se fue a dormir fueron a tomar unas copas. Entre whisky y whisky Samuel propuso ir al mar a baarse, Olivia acepto y a Samuel se le subieron otras cosas a parte de las copas a la cabeza.
Camino de la playa charlaron animadamente, como siempre. Samuel miraba de soslayo a Olivia, sus hombros tostados por el sol y tambin sus piernas que aunque no eran largas y esbeltas eran de una robustez que le resultaba bastante ertica. Iba imaginando como, con el agua por la cintura, le quitara la camiseta blanca de tirantes y como besara los pezones que tantas maanas se dejaban imaginar tras el bikini mojado, metera la mano debajo de su falda rozando el interior de sus muslos buscando lo que todos buscan tarde o temprano.
Bajaron a la playa y caminaron por la arena ya en silencio, y el mismo silencio les susurraba al odo, como un pequeo y picante diablo, que ese era el momento, que no deban demorarlo ms. No se demoraron.
No volvieron a repetirlo pese a que les fue bastante grato, ambos volvieron a las rutinas de sus trabajos y los atascos, hablaron un par de veces por telfono y dijeron de verse, de cenar, de recordar esos das tan agradables en la playa, pero enterrados en trabajo y compromisos nunca llegaron a quedar ni a verse. Aunque a lo mejor alguna vez se han cruzado por Recoletos, sin reconocerse, y como dos sombras fras y distantes se han perdido por las calles y las avenidas.
No tena ms de dos semanas y ya calzaba unas botas de ftbol por patucos. Y es que su padre tena fe en que el chaval fuera futbolista y haba que prepararlo a conciencia. El parquecito era como un estadio en miniatura, tena un campo pintado y el fondo era de moqueta verde, no faltaba el baln y las horas de juego y entrenamiento. Tampoco faltaba la hinchada familiar que todos los domingos se reuna para verlo pegar las primeras patadas. Sentados en la tribuna, que era el sof del saln, la abuela y las tas gritaban gol!, gol! con la baba colgando; no faltaba el sector ms radical, el del fondo norte, compuesto por su primo Paco que ya tena siete aos y que se colgaba de la barandilla del parque dando gritos de nimo y haciendo temblar todo el estadio.
A los doce aos ya despuntaba. Era el ms rpido y tena una zurda que ms quisieran muchos futbolistas de primera nacional. Adems era un chaval simptico y agradable, con un carcter altruista en el que primaba la generosidad, dentro y fuera del campo, y un saber escuchar a los dems sorprendente para su edad. Es por ello que siempre era el ojito derecho de sus entrenadores y el epicentro de su grupo de amigos. Raro era el da en que este crculo no se ampliara, incluyendo incluso a jugadores de equipos rivales.
Todo comenz con la llegada de la pubertad y los trastornos hormonales. Pero su problema no fue el acne, ni ese universo por explorar que comienzan a ser las chicas con sus medias por debajo de las rodillas y las faldas a cuadros de uniforme, motivo de suspensos, celos y otras tragedias casi irreparables para el ego, como el primer rechazo o unos prematuros y tiernos cuernos. Su problema fue que, de la noche a la maana su cabeza se convirti en un baln de ftbol, una especie de crneo esfrico con matas de pelo negro en forma de pentgono. Se inflaba o desinflaba al hablar ya que, la boca, haca las veces de vlvula. El ojo izquierdo adopt la forma del logotipo de una marca comercial de ropa y material deportivo, el derecho adquiri los colores corporativos de la Liga Nacional Balompdica.
Tuvo que dejar el ftbol cuando un portero confundi su cabeza con el baln. Su equipo efectu un saque de esquina, nadie podra condenar al portero pero lo cierto es que despej enrgicamente de puos envindolo al hospital con un traumatismo crneo-enceflico severo. Cuando se recuper lucho valientemente por retornar a los terrenos de juego pero todos se lo prohibieron apelando a su seguridad y al fair-play.
Emiliana Martn lloraba sin consuelo apoyando su cabeza en el hombro de su hija Faustina. Su lloro era un gemido continuo y angustiante que ocultaba las palabras de cario y nimo de su hija. Ambas estaban de pie en la acera, frente al portal de un cntrico edificio de siete plantas. Los familiares y allegados, completamente emperifollados y de estricto luto, iban llegando poco a poco y algunos daban el psame con un susurro inaudible, pareca que contra ms inaudible, mayor era el pesar. En algunos casos, s tan slo hubiera soplado una leve brisa que arrastrara las palabras, el psame no hubiera llegado al odo apesadumbrado, y el alivio en forma de vocales y consonantes se lo hubiera llevado el viento haciendo pequeos y efmeros remolinos.
Se haban reunido todos por el fallecimiento de Herminio Prez, muchos haca aos que no se vean y se saludaban con efusividad, aunque un tanto contenida por el cors apretadsimo de tan lgubres circunstancias. Dejaba viuda y dos hijos. Faustina, la menor, el incombustible hombro y la palabra de aliento, morena y un tanto desgarbada pareca haber estirado el garbo gracias a una entereza que sorprenda a todos; incluso a los que esperan el autobs, sin vela para el entierro, en una parada cercana. Roberto, el mayor, el de los recados caseros y fiel ayudante en el taller de carpintera de la familia, donde con ros de sudor, lijas y montaas de viruta, sustent el difunto a la familia hasta la tan trgica fecha.
– No pienso construir nunca mi propio atad le haba dicho Herminio a su hijo en numerosas ocasiones, – cuando me muera, como no s s merezco ir al cielo o al infierno, en vez de enterrarme me metis en el ascensor de ese edificio tan alto de la Calle Alcafate, ese ascensor que es tan estrecho como una tumba, y ya ascender o descender as lo quiera Dios.-Roberto bajaba ya del coche trasportando el cuerpo inerte de su padre. El difunto, perfectamente embalsamado, luca por mortaja un traje de impecable confeccin, camisa blanca y corbata negra. Su rostro inerte despeda una serenidad y una paz que muchos de los presentes hubieran querido para ellos mismos si no fuera, salvo est, porque entre lo codiciado y el codicioso distaba la propia muerte y a ella, ya se sabe, que nadie le tiene envidia.
Herminio dio su ltimo paseo desde el coche al interior del edificio a hombros de su hijo, de un sobrino al que siempre tuvo mucho cario, de un primo del pueblo y de un amigo de toda la vida. El silencio de toda la familia y de todos los que esperaban el autobs, slo fue roto por el gemido de la viuda y el de un irresponsable y mal educado que toc el claxon al pasar con su auto.
Entre su hijo y su sobrino lo metieron en el estrecho habitculo del ascensor apoyado en la pared del fondo, completamente rgido con los brazos cruzados contra el pecho. La luz mortecina del elevador le daba un tono amarillento a la piel de su cara y le haca parecer ojeroso. Se rezaron los responsos y el momento ms duro lleg al cerrar la puerta. Hubo muchos ramos, varias coronas preciosas y sobre todo muchos llantos y pena.
Ya haba salido la familia del edificio cuando se escuch a una mujer gritar en el quinto.
Stefan Tackett era un escritor de hbitos nocturnos. Se amparaba en la oscuridad de la noche y en su silencio para liberar sus historias que se desarrollaban ante sus ojos, creciendo poco a poco sobre pasados imaginarios, sobre personajes de letra y hueso que iban y venan por ciudades inventadas, anudndose en quiebros imposibles y desenlaces siempre oscuros. Durante el da apenas sala de su pequeo apartamento y cuando lo haca se refugiaba en cafeteras angostas y beba caf tras caf. Tomaba notas y garabateaba su libreta sin parar, apostado siempre al fondo, observando la vida pasar por la puerta, nutrindose constantemente de personajes de barra y cortadito cotidiano, a los que luego, envileca por la noche, inventndoles lados srdidos y dobles vidas siempre basadas en la suya propia, llena de nocturnidad, y en su huida constante haca la ausencia de luz y la hoja en blanco esperando a llenarse de letras y borrones negros, como sus ojeras.
Robert G. Allen estaba quemado. No de su rutina, ni de su trabajo, ni de su jefe, ni de su familia, ni de los embotellamientos diarios en la Interestatal 43, Robert G. Allen estaba quemado por el sol. El interior de sus muslos tena el mismo color que las pinzas de un cangrejo de ro, era puro fuego, cien por cien combustin cutnea, el jodido reactor que lanzaba los transbordadores en direccin a la luna, un termmetro extremo a punto de estallar. A travs de sus tejanos poda verse emanar el calor, distorsionando las formas, como s los objetos colindantes fueran meros espejismos.
Todo ocurri casualmente. Un grupo de amigos, un paseo en canoa, olvidar el protector solar en casa por las prisas, no pedir uno prestado y una alta dosis de radiacin solar especialmente en el interior de los virginales muslos, que debido a la incmoda posicin adoptada por las piernas en la canoa, un fatdico escorzo nutico, convirtieron la jornada en una antropfaga parrillada de carne humana y no en un agradable paseo en canoa.
Pese a los escozores y las no menos aparatosas ampollas, la cosa tena sus aspectos positivos. Para superar las secuelas fsicas Robert G. Allen se convirti en un adicto al after-sun e hizo de su adiccin la fuente de un amplsimo cmulo de conocimientos y experiencias que lo llevaron, con el tiempo y un buen manejo de las finanzas, a crear su propia firma de cosmticos y protectores solares, dermatolgicamente probados por l mismo. Esto le catapult a la cima de un nuevo emporio de las segundas pieles, o como a l le gustaba denominar, el negocio del oro blanco.
*Para T. por dejar relucientes los tubos de la cocina.
Esa tarde decidieron lavar las cortinas. Fue algo espontneo. Llegaron de trabajar cansados y sudorosos, con ganas de ponerse frente al ventilador con un refresco bien cargado de hielo, la cerveza ms fra del vecindario y de no hacer nada ms, pero en lugar de eso, los acontecimientos se sucedieron descontrolados y sin saber cmo, estaban encaramados en una enclenque silla descolgando las cortinas de unos ganchos metlicos medio oxidados. A veces las cosas transcurran como porque s, como si fueran un fluido que se cuela por los recovecos, obedeciendo a unas leyes que estaban por encima de su comprensin y que los empujaba a situaciones de las que luego no podan escapar.
Terminaron de introducir las cortinas polvorientas dentro del tambor de la lavadora, aadieron el detergente y una dosis generosa de suavizante y seleccionaron el programa largo. Entonces el tambor comenz a girar, con su zumbido mecnico. La espuma comenz a salpicar la ventana cncava del tambor, como si estuvieran viajando en barco y mirando el ocenico paisaje por un pequeo ojo de buey salpicado por la espuma de las olas. Un zumbido, espuma, un zumbido, espuma, un zumbido, espuma, y los dos mirando fijamente, siguiendo el giro con los ojos hasta que, espuma y zumbido se juntan en una sola espiral sinuosa que rota sobre su centro, como una galaxia de frescor y suavidad tensioactiva.
La suciedad se separa del tejido y es arrastrada por el agua, al igual que la espiral se lleva consigo los ltimos rastros de cordura de ellos. Lo sucio pasa a ser limpio y lo autnomo pasa a ser autmata, y ambos, como empujados por una fuerza centrfuga, deciden continuar lavando tejidos que encuentran sucios en una orga higinica en la que participan las esterillas del bao, el felpudo, varias colchas e incluso los cojines del sof. Una mesilla es lo siguiente, una lmpara de pie es increblemente engullida tambin y as hasta que la casa reluce y todo despide un aroma a suavizante, pero les falta algo.
Se asoman al hueco negro y eso es como otro universo con sus propias reglas, como un salto al vaco, el principio de la espiral, una esponja mecnica que frotar unas conciencias sucias entre tanta limpieza.
Rasca mam.