La sonrisa de la azafata, historias aeroportuarias.

In soportable, una ilustracin de fermenta.

Las sonrisas de las azafatas son eternas e imperturbables ante la pena o los das malos. Piensen que ocurrira s al embarcar en el avin, ese ingenio que se puede caer contigo dentro, las azafatas que te dan la bienvenida no sonrieran y estuvieran tristes. Sus sonrisas son sonrisas necesarias, corporativas, vestidas con uniforme de vuelo, con los pauelitos al cuello, los broches, el pelo de anuncio de champ, recogido segn el manual, son sonrisas con coletas.

Las azafatas veteranas tienen arrugas de expresin de tanto sonrer. Las arrugas de expresin son esas cosas que nos preocupan tanto a los hombres ltimamente. S eres tan desgraciado que piensas que ellas no miran tu sonrisa sino que miran tus arrugas de expresin no te preocupes, hay unas cremas de puta madre que dejarn la piel de tu rostro como la membrana de un timbal.

Miro por la ventana y disfruto de una increble puesta de sol desde el aire, estamos sobrevolando un inmenso paraje de nubes, con sus valles y sus cordilleras, el cielo es de color azul, rosado y violeta. La luz ilumina parte del ala y a mi me vienen a la memoria aquellos cuadros que poda pintar en la feria, escogiendo varios colores y vertindolos en un molinillo que esparca la pintura al azar. Luego se ponan las lminas a secar en una exposicin improvisada, de colores atmosfricos, de altitudes y direcciones del viento.

Una azafata me mira sonriendo y me pregunta que si quiero caf, respondo que s devolvindole mi mejor sonrisa, que lo quiero con leche, por favor. Me acerca un vaso de papel humeante y una bolsita con todo lo necesario: un sobrecito con azcar, un pequeo palillo de plstico y una servilleta de papel rectangular, todo corporativo y reciclable. En vez de leche la bolsita trae un pequeo recipiente de plstico en el que est escrito crema. Decido tomarme el caf solo mientras le doy vueltas a s la azafata pensar, como pienso yo de ella, que tengo unas horribles arrugas de expresin al sonrer, pero en seguida vuelvo a fijarme en la puesta de sol y a recordar mis divertidas tardes en la feria cuando era nio y me la pelaban las arrugas de expresin y todas esas cosas absurdas de los mayores.

30 August, 2005
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La oscuridad nos hacía invisibles

Un da simplemente nos despertamos y ramos todos siluetas negras, carentes de rasgos y de matices, planos y sin volumen. Esto claramente supuso una revolucin, un cambio drstico y dramtico que nos oblig a variar nuestras costumbres y hbitos.

Perdimos la capacidad del habla y era bastante difcil reconocernos slo por nuestra forma, por lo que mucha gente se perdi de los suyos para siempre, otros, lograron mantenerse unidos simplemente volviendo a los espacios comunes o de reunin que tenan cuando todo era normal.

Pero lo ms peligroso eran los das de viento. Este nos arrastraba con facilidad, como a las hojas secas en otoo. Te haca subir muy alto y te mandaba a cientos de miles de kilmetros, lejos de tu casa, lejos de todo, y caamos en mitad del ocano, diluyndonos como una acuarela o en mitad de una autopista, quedando atrapados por el alquitrn.

La oscuridad nos haca invisibles y luego no retornbamos.

26 August, 2005
Enfrascado en La tentacion de Carla
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El fin de la tierra

Camino despacio por la enorme sala. Se que hay algunas personas ms al fondo y quizs detrs mo aunque no puedo verlas con claridad ya que la iluminacin es bastante tenue y en algunos puntos incluso inexistente. En los rincones, la luz, al combinarse con el agua produce unas ondas oscilantes en el suelo que ayudan a crear una sensacin de sosiego y tranquilidad de la cual siempre he disfrutado salvo al principio.

Me siento en el mullido sof de cuero negro frente a la impresionante cristalera por la que desfilan en grupo cientos de sardinas. S te centras en una sola de ellas parece increble el que nunca choque con alguna de sus compaeras, s te fijas en todo el grupo parece un nico pez que nada perezoso cambiando de forma de manera sinuosa, como una luna llena acutica y plateada que orbita y orbita ante tus ojos alrededor de la enorme sala.

Un pulpo me mira con increble inteligencia desde su cueva, a veces sale a pasear como el que sale a tomar el aire al jardn y se propulsa dejando atrs sus tentculos. Su piel a veces es blanca y otras rojiza.

Las cosas se suceden de manera rutinaria, sin que me resulten excesivamente claustrofbicas, simplemente siento una especie de embriaguez, como s yo tambin pudiera flotar entre las algas y mi piel fuera plateada y escamosa.

Cuando me aburro o la soledad del ocano me arropa con su manto azul marino busco a alguno de los mos y charlamos sobre como era nuestra vida en la superficie o de la increble prepotencia del ser humano, esa misma que, en muchas ocasionas logra confundirme y hacerme pensar que soy yo el que est en un acuario observndolos a ellos cuando estoy en un terrario y son ellos los que me observan a m.

24 August, 2005
Enfrascado en La tentacion de Carla
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El autobús de vuelta

El autobs semidirecto A Corua – Madrid se lanza hacia la oscuridad de la planicie castellana conmigo sentado en su interior. Lo de semidirecto es como un chiste malo, hemos parado ya como en veintisiete pueblos, jurara que alguno incluso del norte de Portugal. Las anodinas rectas que atravesamos ahora me reconfortan bastante, al menos le proporcionan algo de estabilidad a mi estmago. El tramo gallego ha sido como s lincharan a la gallinita ciega. T miras por el cristal para ver por dnde vas pero apenas ves ms all del arcn, eso s, sientes la velocidad y los meneos de izquierda a derecha, de arriba a abajo, al centro y adentro, cual cubito de hielo en el interior de una coctelera. Digo cubito, porque a parte de los directos (semidirectos) al estmago, un conducto circular lanza un chorro de aire acondicionado sobre tu cabeza cuya misin debe ser la de acondicionarte para una hipottica travesa por el crculo polar antrtico.

Los kilmetros comienzan a sucederse tranquilos por fin, como s navegramos por un mar de oscuridad totalmente calmo y de vez en cuando, entre vaivn y vaivn, se pueden divisar pequeas luces en el horizonte que deben ser las de algn pueblo, aunque bien podran ser las de un puerto o un faro. Tras la galerna de curvas y subibajas gallega quedaron flotando por el asfalto un montn de recuerdos de este viaje que llega a su fin y de otros anteriores que acabaron de forma parecida: en un autobs silencioso que atraviesa la noche o esa frontera ldica que separa las vacaciones de la vuelta al trabajo, un puesto fronterizo con alambres de espinos, ametralladoras amenazantes y perros de ladridos rabiosos. Es como s las olas fueran arrojando los recuerdos a un playa tranquila y se te aparecieran entre la espuma arrancndote una sonrisa a veces divertida y otras melanclica.

Miro hacia delante y veo las cabezas del resto de pasajeros inertes, nadie se mueve o habla. Pareciese que fuera viajando en un autobs que trasporta maniques, vestidos de primavera verano, con sus mochilas, bolsos de viaje y complementos, en el que el nico ser humano fuera yo. Entonces juego a imaginar que tres asientos ms adelante va sentado aquel escocs que conoc en estados unidos, y que delante del todo van algunos que debieron haber venido y se quedaron en tierra o atrs y pienso en que todos los autobuses deberan ser de ida y nunca de vuelta.

22 August, 2005
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