Todos estbamos acostumbrados a su sonriente letargo de plstico. Podra decirse que formaban ya parte de nuestras vidas. Eran como actores de reparto, con pequeos guiones que los hacan pasar desapercibidos pero no por ello menos necesarios, formaban una pequea y discreta parte de un todo engranado y trenzado que era la gran funcin, nuestra gran trama cotidiana y vital, formada por millones de comedias y dramas, de argumentos, de nodos, de intrigas y desenlaces que se sucedan, paralelos muchos, solapados muchos otros, cuando se abra el teln y daba comienzo la obra.
Esa noche estaba bastante triste porque haba discutido con Sofa. Sofa era mi hija de nueve aos. Por la tarde no quiso tomarse un vaso de leche durante la merienda y yo me soliviant demasiado, perd el control y lanc el vaso contra el suelo de la cocina. La mand a su cuarto a hacer los deberes sin ver la tele y ella ms que acatar el castigo huy a su habitacin asustada y llorando. Asustada de su propio padre. Pasados veinte minutos fui a ver si Sofa estaba cumpliendo su castigo y la encontr en el suelo de su cuarto jugando con su mueca. Volv a perder el control y arranqu de sus brazos el estpido juguete que rompi a llorar emitiendo un llanto magnetofnico, mientras ella me miraba como mirara una madre a la que le arrancan a su hijo.
Me senta culpable y tena una larga noche para flagelarme caminando despacio por los pasillos desiertos del centro comercial por cuya seguridad tena que velar. Qu mejor que un solitario turno nocturno para cargar y arrastrar mis culpas? Y en esto que observo una figura humana saliendo de uno de los ascensores del fondo. Eh! me escucho, mientras pienso en lo raro de esa figura que viene hacia m. – Pero qu cojones?, si es un jodido maniqu. Y me quedo quieto en mitad del pasillo como un gilipollas, viendo como un trozo de plstico se acerca mirndome fijamente con sus ojos muertos y me abre las entraas con un machete de la seccin de caza.
Estoy en el suelo boca abajo, encogido sobre mi estmago y con mi mejilla izquierda apoyada sobre un charco de mi propia sangre. Mientras, cientos de ellos pasan a mi lado. El sonido de sus pasos golpeando la tarima mecnicamente es aterrador, algunos van descalzos, otros van calzados, algunos mostrando su desnudez de plstico, otros mostrando la moda de la nueva temporada de otoo. Todos armados.
Van de caza y portan en sus ojos toda la codicia con la que los han observado a ellos durante aos, pero ellos codician a los dueos de esas miradas, no una prenda de vestir, y los perseguiran con su danzar inerte hasta sus mismas casas, y violarn antes de matar, y matarn con lentitud pero a conciencia, y cuando tengan sus finas manos manchadas de sangre, buscarn al siguiente que alguna vez los mir. As pues, yo en tu lugar, estara preparado para cuando ellos llegaran.
Tengo resaca de ti. Es como cuando el mar, tras estampar su ola contra la playa, te arrastra para dentro a su merced.
Todava puedo sentir la incertidumbre golpeando las paredes de mi estmago, muchas cosas haba que hacer esa noche, mucha gente a la que ver, muchos caminos que se ramificaban hasta alcanzar finales inciertos, decepcionantes, felices o esperados. Esa incertidumbre se convirti en estupidez de manera instantnea cuando te plantaste enfrente mo, en un no saber que decir ni que proponer, en un observar como mis esquemas mentales y los castillos de humo que se alzaban en mi cabeza se desmoronaban con la misma fragilidad con la que se alzaron. Busqu una seal, una mirada, un gesto que me ayudara a comenzar a andar por la senda de la derecha o por la de la izquierda y no logr encontrar nada, como un invidente ante un rastro de huellas profundas.
Luego todo rod fcil, las cosas son siempre ms sencillas de lo que parecen en un principio, sin dejar fuera los millones de matices, son ms fciles aunque me empee en que sean difciles, y llegan a su puerto y se amarran bien dentro, como el barco que se bati con mil marejadas y que aparece por el horizonte cuando el mar est en calma de nuevo. Entonces es en el puerto donde comienza a gestarse la tormenta, una tormenta imaginaria y ma, en la que los barcos anclados y mecidos por las olas las fueran haciendo crecer con sus vaivenes hasta que el apacible mecer se enerva y se encrespa en grandes muros de agua que avanzan hacia la costa erosionada, que soy yo, pura limitacin y miedo, amasijo de recuerdos estpidos, celdas en las que me auto encarcelo para luego pedirme a gritos amnista y libertad.
Tengo resaca de tus noches, de los abrazos y las caricias, de no querer que llegue el da, de no subir nunca las persianas, de las cosas que llevan escritas tu nombre, de la msica que no me gusta, de tus pies y tus manos pequeas, del sabor de tu piel, de la isla que es nuestro sueo y slo nuestro, rodeada de ocanos de realidad, rodeada por todo lo cotidiano, esa que no aparece en ningn mapa pero que est ah y es innegable.
El frigorfico de casa se ha averiado. Desde hace unas semanas no funciona correctamente y cuando lo abrimos es como abrir una ventana y mirar haca un paisaje abrupto cubierto por un manto de escarcha. Se puede escuchar el sonido del viento chocar contra unas montaas provocando ese lamento glido y constante que emiten las montaas en invierno, como si susurraran sus corazones de granito, estremeciendo a todo aquel que los escucha. En mitad del valle, como inertes y atemporales, cuatro yogures naturales, varios cartones de leche y algunos vegetales, conviven en el pramo helado con otros alimentos y las sobras cuaternarias de alguna cena intempestiva.
En la pared del fondo, se est formando un gran muro de hielo compacto que poco a poco va avanzando como la lengua de un glaciar, milmetro a milmetro va restando espacio dentro del frigorfico y engullendo las baldas, atrapando todo a su paso con su abrazo glido. Amenaza con impedir el que la puerta pueda cerrarse y que el hielo comience a invadir la cocina.
Ya puedo imaginarme despertando por la maana y encontrndome la cocina y parte del pasillo bloqueados por el hielo y la escarcha. Imaginen por un momento que por culpa de nuestro frigorfico, la ciudad sufriera una glaciacin, una pequea edad del hielo urbana. Imaginen ir a trabajar con crampones y piolet, montando seguros, reuniones y cordadas.
En vez de palomas habra pinginos y la gente bajara a pasear por las antiguas avenidas congeladas junto a sus osos polares. Se terminara el problema de la vivienda puesto que todo el mundo tendra su propio igloo. El ftbol dejara de ser el deporte ms practicado, en su lugar se practicara el Hockey sobre hielo. Por los antiguos estadios, en donde antao corretearon los payasos haciendo posturitas y luciendo pendientes de diamantes, patinaran raudos y aguerridos atletas, no pintamonas amarillentos.
Al morir nos sepulcraran en el hielo. Cuando pasaran cinco mil trescientos aos, todos seramos un Hombre de los hielos, pero mostraramos un sonrisa congelada y portaramos un pequeo libro autobiogrfico que revelara muchos datos a los cientficos del futuro.
Hoy voy de traje.
Los das en los que tengo que ponerme un traje para trabajar suelo detestarlos. Son demasiado ajetreados y son siempre para dar la cara. Mas que la cara, las mejillas, primero una, y luego sin dejar de sonrer la otra, como Jesucristo en el evangelio, solo que con la sonrisa y con esa cruz moderna que es la corbata.
A mi la corbata me asfixia y los das que tengo que ponrmela me coloco frente al espejo, abotono la camisa – maldito ltimo botn! – y rodeo el cuello con esa especie de soga de polister – iba a escribir seda, pero como que no – con motivos geomtricos, pintitas y otras cosas de las tendencias. Y da igual que vayas a la ltima o llevar personajes de Walt Disney, apretar, aprieta igual.
Cuando era pequeo y los veranos eran de dos meses y medio, me los pasaba en mi pueblo, corriendo por el campo, bandome en el ro y haciendo el indio subido a los rboles los indios no llevan corbata -. Luego cuando empezaba el colegio el profesor le deca a mis padres que haba vuelto asilvestrado y que era incapaz de estarme sentado en el pupitre. Ahora que soy ms mayorcito lo de la corbata me sienta como cuando en septiembre volva al colegio, debe ser que sigo asilvestrado, o como lo que canta Extremoduro, que prefiero ser un indio a un importante abogado, ya sabes, en aquella de, ama, ama, ama y ensancha el alma.
Unas cuantas breberas ms, nunca mejor dicho:
Le ech un vistazo al reloj y me vi atrapado dentro de su esfera de cristal.
En un descuido me acarici el segundero, me golpe el minutero y me aplastaron las horas.
– Perdone, tiene hora? –El tiempo pasa tan irremediablemente rpido que incluso un reloj no sirve para nada.
No entiendo las expresiones un segundo! o un minuto! S lo que realmente necesitamos es ms tiempo porqu no emplear una hora?
He decido dejar de fumar. Miro mi trayectoria de fumador y me asusto. Empec fumando negro sin filtro cuando apenas era un cro. Aun puedo recordar aquellas maanas de invierno cuando nada ms salir del portal de mi casa, miraba hacia la ventana de la cocina para cerciorarme de que mi madre no miraba, slo entonces sacaba el cigarro y los fsforos de la cartera y lo encenda. Recuerdo perfectamente la sensacin de como las primeras caladas que entraban en mis pulmones parecan querer hacerlos estallar y como me mareaba aquellos das en que encenda ese primer cigarrillo en ayunas y casi recin levantado. Pero por entonces para mi era como un juego. Disfrutaba mucho viendo salir de mi boca un chorro de humo blanqusimo, especialmente esos das lluviosos y grises en los que el humo pareca ser ms denso y formaba nubes compactas que se perdan por el aire flotando lentamente.
Tambin recuerdo, siendo ya adolescente, las noches de aquellos veranos que parecan eternos. Siempre nos reunamos el mismo grupo de amigos en un descampado bastante amplio, por ah por Mndez lvaro, y nos tumbbamos a charlar y a fumar. El primero que llegaba se encenda un cigarro y el siguiente lo encontraba gracias a la brasa y as el resto hasta que se formaba un grupo de lucirnagas que se revoloteaban alrededor de las conversaciones sobre la Cristina y la Rosi.
Luego se acabaron esos veranos eternos y durante unos aos fum sin parar, especialmente en el trabajo. Mis ceniceros rebosaban de colillas. Lo peor de todo es que a veces no era consciente de que lo estaba haciendo y me descubra con varios cigarros encendidos simultneamente.
Pero lo peor vino cuando decid dejar de fumar. Prob con unos parches de nicotina. Lo cierto es que los vi anunciados en la televisin, iban dosificando la nicotina en pequeas cantidades a lo largo del da y aseguraban que con ellos y con mi fuerza de voluntad, podra dejar de fumar, pero no funcion. Continu fumando prcticamente lo mismo con el parche puesto, por lo que pasadas varias semanas decid dejar de utilizar los parches pero no pude. Descubr con horror que tambin me haba convertido en un adicto a los parches antitabaco.
A la desesperada decid probar con unos chicles de nicotina para dejar los parches. Los chicles me los recomend un farmacutico viejito que haba sido fumador durante dcadas. Era menudo y prcticamente estaba calvo. Haba trabajado en la farmacia del barrio desde antes que yo llegar a vivir all. Recuerdo que en mis primeros aos en el barrio siempre que iba a comprar aspirinas la farmacia ola a tabaco y muchas veces lo encontr fumando. El viejito logr dejarlo con esos chicles y por eso me los recomend. Yo segu fumando pero dej de ponerme los parches, cuando los echaba mucho de menos, me tomaba un chicle, as hasta que logr no echar de menos los parches. No paraba de mascar chicles de nicotina durante todo el da.
Pasados unos meses y varias visitas al dentista decid dejar los chicles. Como no encontr ningn otro remedio que me convenciera me invent yo mi propia terapia. Cada vez que me venan ganas de echarme un chicle a la boca me encenda un cigarro. A base de fumar el doble de lo que fumaba logr dejar los chicles de nicotina. Y as hasta hoy que prcticamente supero los dos paquetes de cigarrillos diarios. Por eso les deca yo al principio que he decidido dejar de fumar.
Alfonso Ruiz llega tarde al trabajo, como casi siempre. Con esto de las obras, las zanjas, los tneles y todo lo dems, Madrid es un infierno para el coche. El alcalde es un mamn y un bastardo por excavar tanto hoyo, pero l no deja de ir en coche a trabajar, de pagar el prstamo para el coche, de llevar el coche a las revisiones peridicas, de pagar la zona verde para aparcar el coche y de dedicarle una hora la tarde del domingo a mantener el coche limpio, metalizado y brillante.
Ya est enfilando el Paseo de Recoletos desde la Glorieta de Carlos V. Debido al incendio de una subestacin elctrica hace unos meses, el paseo tiene un carril parcialmente cortado, esto genera un embudo de coches y autobuses rojos, de ruidos de motores, de torbellinos de humo negro que se entremezclan con el sonido de decenas de claxon y con las ansiedades enfrentadas de los conductores por ganar el hueco, como los pvot que luchan frenticamente por el rebote bajo el aro de una canasta de baloncesto. Una lucha de gigantes metlicos cabalgados por pilotos estresados.
– El taxista este me tiene harto, cmo se puede circular as? Piensa Alfonso, mientras un taxi se le cuela (cometiendo una clara personal en ataque) desde el carril de la derecha. A todo esto ya est en el paseo y los coches danzan al son de los semforos dando empellones de quince metros en quince metros. El coche de delante se aparta al carril de la izquierda y para sorpresa de Alfonso, se encuentra un to en bicicleta circulando como un vehculo ms por el centro del carril. Su primera reaccin es de temor ante la inminente fragilidad del ciclista. Pero como buen conductor madrileo, que es bravo conductor, Alfonso olvida el temor raudo como un acelern y adelanta al ciclista sin que medie ms de un palmo entre el retrovisor derecho de su coche y el manillar de la bicicleta. Aproximadamente diez metros ms adelante detiene su vehculo frente a un maletero y un tubo de escape que vomita bilis negra.El ciclista adelant de nuevo a Alfonso y a otros muchos (sin cometer faltas personales en ataque, en contaminacin, en ruido, en espacio, etc.) y sigui circulando por el Paseo de Recoletos sintindose terriblemente solo, como una flor en mitad de un vertedero o como el rbol que solitario aguarda su tala antes de que viertan hormign y asfalto donde antes verta su sombra.
Vladimir Nabokob me est pareciendo un salvaje, lean esta descripcin que pueden encontrar en su cinematogrfica Lolita:
Era muy alta, usaba pantalones con sandalias o faldas acampanadas con zapatillas de ballet, haba tenido dos abortos, escriba relatos sobre animales, pintaba, como sabe el lector, paisajes lacustres, alimentaba ya el cncer que la matara con treinta y tres aos y era imposible que despertara el menor inters en m.
No me digan que no es salvaje?
Es increble en la de cosas sin importancia en las que fijas tu atencin antes de subir a un avin. Cuando ests esperando a embarcar comienzas a fijarte en los que sern tus compaeros de vuelo. Personalmente siempre me fijo con atencin e intento discernir cosas sobre ellos, de dnde sern, a dnde irn, cual ser el motivo de su viaje o su nombre. Siempre saco mis conclusiones y me invento unas historias que en la sala de embarque me parecen las que ms se ajustan a la realidad. Cuando luego los observo en el interior del avin esas historias ya no me valen porque me parecen gente completamente distinta, pero yo sigo desviando la atencin y trato de recordar lugares de procedencia, reuniones de negocio y visitas a parientes que logren acallar la voz que suena en mi interior y que me repite, una y otra vez, que deje las historias, que el avin se puede venir abajo. Pero yo hago odos sordos a mi voz y termino abrochndome el ridculo cinturn de seguridad, sentado en el asiento de clase turista, dispuesto a despegar.
Warren Dodge no necesitaba dormir. Salvo por eso todo en su vida era normal. Tena cuarenta y siete aos, estaba casado y tena dos nios. Trabajaba como contable para una gran empresa y viva cmodamente en un tranquilo barrio residencial. Al principio lo mantuvo en secreto. Un da comenz a no tener sueo, a no necesitar acostarse. Caa la noche y l segua activo. Se acostaba como las personas normales pero pronto sala de la cama y paseaba por su casa, a oscuras y en silencio para no despertar a su familia. Recorra los pasillos, el saln, la cocina y a veces sala a la terraza a contemplar las luces de la ciudad. Con el tiempo fue difcil esconderlo de su esposa pero, pese a las insistencias de esta, no quiso ponerse en manos de ningn especialista, l no se senta cansado ni enfermo.
Se senta aburrido. La casa se le qued pequea, as que comenz a pasear por las calles circundantes hasta que el barrio se le qued pequeo tambin, harto de las mismas aceras, de los mismos jardines, Warren comenz a explorar la ciudad por la noches. Deambulaba caminando pausadamente por las calles solitarias, bajo la luz de las farolas, como una sombra silenciosa, aorando el da y la actividad de este.
Con el paso del tiempo Warren conoci ms personas como l. De vez en cuando se juntaban en algn parque del centro para charlar o en algn bar abierto a horas intempestivas para jugar al billar y beber cerveza. Gracias a uno de sus amigos nocturnos consigui un trabajo como encargado de una lavandera que abra las veinticuatro horas. Una noche entr Jodie Harper cargada con una gran bolsa de ropa sucia y sus noches cambiaron para siempre.
Jodie era tres aos menor que l, estaba casada, tena una hija de diecisiete aos y llevaba un par de aos sin dormir. Ambos decidieron rehacer su vida nocturna. Alquilaron un pequeo apartamento donde pasaban juntos las noches en las que Warren libraba en la lavandera. Fueron tan felices y se sintieron tan dichosos que a ambos comenz a retornarles el sueo, pero justo cuando las luces de la ciudad comenzaban a apagarse, justo en las horas en las que el sol comenzaba a iluminar las calles, los parques y los nuevos das.