Mi abuela hace un conejo, que cada vez que lo pruebas, dan ganas de salir al monte con la escopeta y traerle media docena ms para que los cocine.
La primera vez que vi a mi abuela preparar conejo yo tendra unos once o doce aos. Mi familia compr un terreno cerca de un pueblo madrileo, lo suficientemente alejado de la capital como para estar completamente fuera de la influencia de sus ruidos y sus humos el manzanares parece una escombrera -, pero lo suficientemente cerca como para poder disfrutar de l los fines de semana.
En ese terreno se construy una casita de campo, modesta pero perfecta, que aun hoy sigue en pi, y que de alguna manera sirvi de centro de reuniones para gran parte de mi familia cercana, tos, abuelos, primos y algunos amigos que no eran de la familia pero como si lo fueran.
Un domingo se col en la parcela Linda, una perdiguera enclenque que no tena en dnde caerse muerta y que se qued con nosotros hasta que un da desapareci por las buenas, tal y como haba aparecido. La perra hizo de la parcela su hogar pero campaba libre por toda la zona era un callejero por derecho propio -. Como nosotros entre semana no estbamos all y la parcela no estaba bien vallada, ella entraba y sala a su antojo, iba al ro, iba al monte y por las noches volva a una casa improvisada que le construimos aprovechando una pila de traviesas. Raro era el viernes en que, nada ms llegar, la perra no estuviera en la puerta para recibirnos, y es que pareca oler nuestra llegada.
Una lluviosa tarde de sbado la perra subi del ro con un conejo bien hermoso y la familia reaccion al unsono ante tal evento: – que lo cocine la Pilar, que es a la que mejor le sale -. Y es que mi abuela tiene dos hermanas ms, la Carmen y la Chelo, pero ella es la mayor y la que ms ayudaba a “madre” en la cocina.
Recuerdo que lo despellejaron y lo colgaron de sus patas de atrs y as estuvo el conejo desangrando hasta que comenz a ocultarse el sol, momento en el que se cocin y se dio buena cuenta de l. Yo nunca haba visto un animal sin piel y tengo bien grabada la imagen, es una de esas imgenes de tu infancia que las recuerdas ntidamente, como si vieras una fotografa; cierto es que guardo otras menos sangrientas pero igual de carnvoras como por ejemplo, la de mi familia entera relamiendo su tajada – por que tocamos a una – y chupndose los dedos de lo rico que le qued el conejo a mi abuela.
Ahora que soy ms mayorcito y que tengo la suerte de poder gozar de su compaa a sus casi noventa aos, cada vez que tengo oportunidad me meto con ella en la cocina y la pregunto incansable sobre las virtudes de su cocido, o sobre los tiempos del potaje y lo cierto es que esas cosas no estn escritas en ningn recetario, sus respuestas por lo general son, – pues hasta que veas que est o – cuando veas t que eso -. El ejemplo ms claro es el del conejo. Ella lo guisa de una manera tan sencilla, que cuando la ves lo primero que te viene a la mente es: -esto lo puedo hacer yo y claro que lo hago yo, pero a mi no me sabe igual que a ella. Y yo hago lo mismo:
Pongo aceite a calentar, pico unos ajitos y les pego una pasada por el aceite, cuando veo que eso, echo un par de cucharadas de pimentn y antes de que ste se queme, echo una guindilla y doro el conejo. Cuando ya est bien doradito, bajo el fuego, echo agua hasta que veo que est, la sal, unas ramitas de romero y tomillo al gusto y ah lo dejo hasta que eso. Pero eso, que de eso, nada de nada, que el mo est rico, pero que el suyo est mejor y en esa salsa rojiza y ligeramente picante que consigue, lo que se traba bien trabado es una barra de pan entera, que se hace migajas, hasta que el fondo de la cazuela recuerda a la batalla de Trafalgar.
Yo no logro que me salga el conejo como le sale a ella y tampoco logro ensearle a enviar un sms a travs de su telfono mvil, pero eso es otra batalla, otra historia y otro guiso bien diferente.
Somos lo que comemos.
Lo primero es comer y luego, si se puede, comer bien. Lo primero es comer porque si no comes te mueres. Cuando estamos muertos dejamos de disfrutar de nuestros sentidos del gusto, del olfato y de la vista, siendo estos la fuente de nuestras percepciones bsicas para disfrutar del alimento, relegando al tacto a medir la temperatura del alimento cual mero termmetro, por lo que para disfrutar del alimento es necesario que se cumplan las premisas de, primero, comer para no morir, y segundo, que nuestras percepciones ante el alimento nos resulten placenteras sin quemarnos labios y lengua.
Pero el hecho de que nuestras percepciones sean agradables para nosotros no quiere decir que estemos comiendo bien sano -, es por ello, que siempre han destacado aquellas personas que gracias a su habilidad para preparar alimentos, entendiendo esa habilidad, como la capacidad de preparar un alimento que logre saciar nuestro hambre sin amenazar nuestra supervivencia – y que adems, deleite nuestros sentidos.
Una de esas personas es Jos vers que sencillo Andrs que como alguno sabris, tiene un espacio en la televisin llamado vamos a cocinar, donde prepara distintos platos y adems explica como hacerlo.
Yo, desde que veo el programa de Jos me alimento mejor. Independientemente de su calidad como cocinero, que no la s, porque no com nada suyo, pero que no discuto ya que, a travs de la pantalla, nicamente puedo ver el jodido hambre que me entra de tan slo verle cortar cebolla, creo que la clave del programa esta en la hora de emisin, as sobre las siete segn llega uno de trabajar, de apenas haber desayunado, de haber tomado un par de cafs guarros, de comer en Rodilla o algn men de los de a diez euros, de esos escasitos o un prefabricado del Vips, y claro, uno ve a Jos con la cebolla, el ajo, los pimientitos, que si va al mercado, que si el pescado azul, que si la hostia y piensa: – Hoy para cenar me doy un homenaje! – Y se prepara una tortilla francesa adorn que le sabe a gloria.
No s ustedes, pero en mi caso como buen mileurista, comparto piso, e imaginen, si yo me preparo una tortilla adorn, comienzan los joder como te cuidas -, los – vaya con el nio, que pinta tiene -, y a la cena siguiente la pea se lo curra para no ser menos y dar la misma envidia o ms. De esta manera, desde que veo a Jos Andrs todos en mi piso comemos mejor, y no slo eso, sino que hay das que espoleados por la hambruna y por la curiosidad culinaria, hacemos platos comunes que fomentan nuestra convivencia adems de nuestros buenos hbitos alimenticios, por ejemplo, recuerdo aquel marmitako en el que los cuatro en comando nos lanzamos al mercado en busca de la mejor calidad y la mayor frescura, en el que la maana se pas de buen rollo, cortando, sofriendo, cociendo, limpiando y dando buena cuenta de un gran plato.
Ahora s que el ajo, el rey de la cocina, se pela ms fcil si le das un golpe previo aplastndolo con el cuchillo o que a muchos guisos hay que echarles la sal al final para que no resequen, o que a los pimientos hay que quitarles unas hebras blancas que son agrias, que con la escarola pega lo dulce y que la cantidad medida a ojo, muchas veces es lo mejor.
Cuntenme sus platos preferidos! (no me digan que la compota de manzana), sus trucos culinarios, ese secreto que slo conocen su abuela y usted, sus intrigas de encimera y tabla de cortar. Ensenme lo que comen, que sabr quienes son.
III

Roy era el pequeo de los Stokes. Los Stokes ya vivan en la calle St. James un ao antes de que los Kessler se mudaran a la casa del otro lado de la calle. Ambas parejas trabaron una buena amistad desde que se conocieron en la cena de bienvenida que la parroquia organizaba para los nuevos vecinos que llegaban a la comunidad.
A diferencia de los Kessler, los Stokes si dorman en la misma cama y practicaban el coito al menos una vez a la semana, pero al igual que Loretta, la madre de Roy tampoco haba experimentado nunca un orgasmo en ms de treinta aos de matrimonio.
Roy era un quinceaero un poco obeso. Estaba completamente enamorado de Laura Findley, una compaera del colegio, pero esta no le haca el menor caso. A Roy no le gustaban las manzanas y tampoco le gustaban los Kessler, – siempre haciendo visitas con sus estpidas compotas -. Una vez John Kessler le dijo que debera hacer algo ms de ejercicio para bajar esos kilos de ms y desde entonces su madre se empe en que hiciera dieta. Casi poda imaginarse a – la mosquita muerta – de Loretta Kessler aconsejando a su madre sobre como cocinar algn brebaje de espinacas que l tanto detestaba.
Entre polucin nocturna y polucin nocturna cuanto le gustaban los rizos rubios de Laura , a veces Roy sufra pesadillas. Recordaba una en la que su madre trataba de introducirle obsesivamente grandes cucharadas de pur de espinacas, mientras, sentada en el sof, al otro lado del saln, Laura Findley se rea a carcajadas de l, y sealndole con el dedo, gritaba entre risas – y t pretendes que yo me fije en ti, gordo intil, si hasta tienen que darte de comer -, y su voz iba ganando en desprecio a medida que repeta la frase una y otra vez.
Cuando su madre introduca la ltima cucharada de pur en su boca, Loretta Kessler irrumpa en el saln con un gran frasco y le deca con su voz melosa y de postre te he trado un poco de compota cocinada con nuestras mejores manzanas, ya sabes que John cuida muy bien de nuestros manzanos -. Era entonces cuando a travs de la ventana del saln, Roy poda ver al seor Kessler en mitad de su jardn. Llevaba puesta su sudadera gris de hacer footing y esta tena cercos hmedos de sudor. Sujetaba una gran pala con su brazo derecho, y lo miraba fijamente a los ojos como nadie nunca lo haba mirado, con odio, con verdadero y terrible odio. Pero lo que realmente asustaba a Roy, de una manera irracional, era que detrs del seor Kessler estaban sus manzanos, pero en estos, no maduraban manzanas verdes, sino que lo hacan crneos humanos que parecan sonrer.
quires conocer a Loretta Kessler?
quires conocer a John Kessler?
quires conocer a Laura Findley?
II

Todos los vecinos de la calle St. James tenan manzanos en su jardn. Cuando los manzanos florecan para la primavera lo iluminaban todo con sus flores blancas. Ms tarde, llegado el otoo las flores se convertan en enormes manzanas de piel verde, ligeramente moteada, que vencan a las ramas con su peso, amenazando incluso con partirlas.
A John le encantaba la compota de manzana que preparaba Loretta, y pareca ser que a todo el mundo, puesto que la compota de manzana de Loretta haba sido premiada por cinco aos consecutivos en el concurso benfico que organizaba la parroquia. Loretta ruborizada, se quitaba mritos cuando responda a las felicitaciones y cumplidos con tmidos el secreto est en como mima John a los manzanos y relucientes sonrisas complacientes.
John Kessler tena cincuenta y cinco aos. Era bastante corpulento y se mantena en buena forma. No beba, no fumaba y practicaba footing a diario. Haca dos aos que haba dejado de trabajar en la corporacin y llevaba una vida saludable y tranquila. Muchas noches, cuando Loretta dorma en la cama contigua john se levantaba, bajaba al garaje a buscar sus herramientas, montaba en su coche y conduca hasta el downtown. Recorra las avenidas iluminadas y sus calles perpendiculares menos iluminadas. Buscaba con paciencia, tras los cubos de basura, entre los cartones, en los soportales. John saba bien donde buscar, donde encontrarlos. Tambin saba que los mejores eran los que dorman o yacan borrachos, los que nunca gritaban.
Cuando Loretta se despertaba sobre las ocho y encontraba a John levantado le daba los buenos das, le comentaba su extraeza al verlo despierto tan temprano y preparaba huevos, tocino, pan tostado y zumo.
quires conocer a otros vecinos de la calle St. James?
quieres conocer a Loretta Kessler?
I
Todos los vecinos de la calle St. James habitaban en viviendas de idntico color e idnticos porches precedidos de pequeos jardines con frutales. La calle St. James era perpendicular a la calle St. Andrew. La calle St. Andrew era la arteria que una esa zona residencial con el downtown. Los vecinos de la calle St. Andrew tambin habitaban en viviendas de idntico color e idnticos porches precedidos de pequeos jardines con frutales. Si uno giraba desde St. Andrew hacia St. James tena la misma sensacin que se tiene al entrar en una estancia que tuviera dos espejos enfrentados, era como penetrar en un tnel residencial, de bvedas azules amplsimas y de idnticas paredes de colores pastel.
En el nmero dieciocho de la calle St. James vivan los Kessler.
John y Loretta Kessler llevaban casados ms de treinta aos. Se conocieron antes de que John ingresara en la universidad del estado para estudiar derecho. Loretta no estudi en la universidad del estado por lo que no podan verse durante los das de diario, aunque John regresaba al pueblo casi todos los fines de semana por lo que mantuvieron su relacin. Adems John era – un chico serio, responsable y de fiar -. Iban al cine, a la pizzera, y con frecuencia participaban en las actividades de la parroquia.
Se casaron cuando John cursaba su ltimo ao en la universidad. Durante el tiempo en que John finaliz sus estudios y encontr un trabajo, el matrimonio vivi en casa de la familia Kessler. Una vez John tuvo su primer empleo como abogado en una corporacin, se mudaron a su actual casa de la calle St. James.
Los Kessler no tenan hijos. La principal razn por la que los Kessler no tenan descendencia era que no practicaban el coito. El contacto fsico entre ambos era prcticamente inexistente y nunca de ndole sexual, en su beso nupcial apenas rozaron sus labios y dorman en la misma habitacin pero en camas separadas.
Loretta nunca haba experimentado un orgasmo. En las escasas ocasiones en las que se lo planteaba recordaba las pecas de Tania Clutter – su amiga del instituto-, esparcidas alegremente por su nariz que siempre pareca brillar. Tania siempre le cuchicheaba sobre la mesa de una cafetera lo que vio en la parte trasera del jardn de su casa, cuando descubri a su hermana mayor y a un chico del pueblo rebuscando debajo de su falda.
Tambin recordaba que una vez fue a pasar la tarde a casa de Tania y esta se propas.
Ese da Tania estaba rara. Le haca preguntas extraas y algo soeces, como qu pensaba ella de los chicos, o de que su hermana se dejara tocar en el jardn. Se acercaba mucho al hablar y en un momento dado se abalanz sobre ella y junto sus labios con los suyos. Sinti su lengua moverse dentro de su boca cual serpiente vida, como sus manos la toqueteaban bruscamente buscando su entrepierna hasta encontrarla. No le gustaron sus manos pero la sensacin de sus labios si, eran clidos y suaves. Aun as, la apart de s de un empujn y desde ese da evit a Tania, aunque call lo ocurrido.
Tania era su nica amiga, as que desde ese da iba del instituto a casa y de casa al instituto sin relacionarse con nadie, en casa ayudaba a su madre en todo lo que le peda, limpiando y cocinando. Pas el tiempo hasta que un domingo, en una merendola de la parroquia conoci a John. John le propuso ir al cine. Su padre siempre se refera a John como el hijo de los Kessler, un chico serio, responsable y de fiar -. Ella respondi que si.
quires conocer a John Kessler?.
Ramn Garca, ms conocido en Rand, su planeta, como 333Mqqq33M, llega a la serrana de Ronda, Mlaga, en misin de reconocimiento. Enseguida empieza a informar de sus hallazgos al Gran Ncleo Central a travs del MSP Mdulo de Seguimiento del Programa -, y pronto empieza a descubrir que ser humano tiene muchas ventajas: con su nuevo cuerpo puede disfrutar del jamn, del ans, de los amigos, del sexo, del amor…
Acabo de terminar Ramn y el MSP de Joaqun Eloy-Garca Len. Lo cierto es que un marciano de exploracin por la serrana de Ronda de la poca de la posguerra da para una historia cuanto menos inverosmil (aunque… quin sabe?), y doy fe, que realmente divertida.
Al cerrar el libro anoche lo primero que pens fue en que echara de menos a los personajes ya que me resultaron entraables a parte de divertidos. Como curiosidad adems, comentar que en la historia aparecen un Frasco (padre) y un Frasquito (hijo).
Anmense si quieren pasar un rato divertido.
Estoy completamente viciado a las palabras que nunca te dije.
No puedo dejar de darle vueltas a nuevas acepciones.
Anmense y no me vengan con Sudokus.

Ilustracin: Fermenta
En principio no tengo pensado escribir ms sobre Raimundo Prez El Equilibrista, aunque siempre existe la posibilidad. Pero dada la arriesgada vida de Raimundo, en el caso de que contine escribiendo sobre l, lo ms seguro es que el hombre acabe estampado contra el suelo o sufriendo un accidente y le he cogido cario desde el principio.
Raimundo Prez naci el otro da cuando me asom por la ventana de casa y vi a un hombre bajito maniobrando en un paso de peatones atestado de gente, iba con una prtiga metlica sobre su hombro, meda lo menos ocho metros. El hombre deba de estar perdido y giraba a un lado y al otro buscando el cartel de la calle o algn comercio. El resto de peatones actuaba en consecuencia, unos se agachaban, otros se quedaban quietos a una distancia prudente a la espera de que el hombre avanzara en alguna direccin.
Me pareci una escena muy espontnea y me arranc una sonrisa.
Luego me pregunt para qu carallos alguien trasportara una prtiga metlica de ocho metros por el Paseo de las Virtudes y me vino a la cabeza el que, claramente, era un equilibrista extraviado buscando su circo, un equilibrista totalmente fuera de lugar ya que sus movimientos abajo, en la tierra, eran sumamente torpes en comparacin con la destreza con la que caminara y mantendra el equilibrio con su prtiga sobre una cuerda a quince metros de altura. Ya ven, todo muy circense.
Todo gir en torno a que la vida es circo, con los payasos, el presentador, los malabaristas y los domadores de fieras. Todo lo cotidiano esconde un nmero, un juego de malabares, un equilibrio de mrito, un payaso que llora fuera del escenario y re dentro de el, que de alguna manera se encuentra puesto a prueba en todos los lugares que no son el suyo.
Hace no mucho que le El placer del viajero de Ian McEwan, el libro comienza con una cita de Cesare Pavese:
Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraos y a perder de vista toda la comunidad familiar de la casa y de los amigos. Se est en continuo desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, los sueos, el mar, el cielo, y todo tiende hacia lo eterno o a lo que imaginamos de la eternidad.
La historia de McEwan gira en torno al viaje de una pareja a una ciudad extranjera para ellos, una ciudad que no nombra en el libro en ningn momento, desde mi punto de vista porque da igual, porque la vida es viajar fuera de nuestro lugar y da igual cual sea o como se llame, es llorar siendo un payaso, es caerse de la cuerda y no saber que hacer con nuestra prtiga estpida, es nuestro viaje, nuestro increble espectculo de equilibrismo.
La familia de Raimundo Prez siempre haba sido un poco circense. El padre de Raimundo trabaj durante muchos aos de operario en el zoolgico de la ciudad, era el encargado de dar de comer a las fieras y de limpiar los recintos. Podra decirse que era un domador annimo, sin pblico y sin aplausos. Antes de que el zoolgico abriera sus puertas, las fieras estaban ya saciadas y los barrotes, que delimitaban la pequea sabana o la selva amaznica de la realidad urbana, brillaban de tan pulcros. Se tomaba en serio su trabajo, tan en serio, que un da, l mismo sirvi de alimento para los leones.
El trgico suceso ocurri cuando Raimundo era todava bien chico. Raimundo, que era el menor de cuatro hermanos no lleg a enterarse muy bien de lo sucedido y la imagen que le qued de su padre fue la que le transmitieron sus hermanos mayores, – Pap era muy valiente Raimundo, luchaba todos los das contra unos leones de enormes y afiladas garras -.
Desde el da de la muerte de su padre, su madre tuvo que hacer autnticos malabarismos para llegar al fin de mes y alimentar y vestir con dignidad a cuatro bocas. Trabajaba de sol a sol y tena tres empleos ms las tareas del hogar, y lo que les digo, malabarismos de los intrpidos. No se haban secado los escalones del portal de una comunidad que limpiaba de lunes a viernes, cuando ya estaba preparando unas lentejas en la cocina de un bar de mens. Un par de tardes a la semana se haca el piso de unos ricachones del centro y los das que tocaba plancha, aprovechaba y se llevaba la ropa de los nios, que la plancha de la seora era muy buena y muy moderna.
As pues, no les extraar, que el hijo de un domador de leones y de una malabarista intrpida, criado por decirlo de alguna manera, en la cuerda floja, se dedicara al valiente oficio de equilibrista.
Pero Raimundo comenz como electricista, haciendo apas y empalmes sobre endebles escaleras plegables, – no me digan que no hay que tener equilibrio y as fue ganndose la vida. Pasados varios aos dio el salto a una contrata del ayuntamiento encargada del mantenimiento del alumbrado pblico. Un salto importante en cuanto a sueldo y en cuanto a la altura y dificultad de sus maniobras y equilibrios. Encaramado en las farolas, a ms de ocho metros sobre el asfalto, Raimundo velaba junto a sus compaeros porque las noches de todos estuvieran iluminadas. No contento y satisfecho con eso, Raimundo, adems, amenizaba a los viandantes en su trasiego por la va pblica, muchas veces tan neutra, fra y carente de espontaneidad.
Armado con una larga prtiga, caminaba sobre los tendidos del telfono, sobre las estrechas barandillas de las terrazas de los primeros y haca piruetas sobre los semforos, pero slo cuando estos estaban en rojo.
Continua en Ms equilibrios