Me lleg lo de los cinco extraos hbitos va Stormy. Si la gripe aviar se transmitiera como los mems en la blogosfera los de Roche seran ya infinitamente ms ricos de lo infinitamente ricos que son.
En principio no tena yo muy claro esto de los hbitos, pero me voy a dejar llevar como hice otras veces – en las que la epidemia consisti en ensear las tetas, por ejemplo, o en hablar de libros y msica -.
Cinco hbitos extraos.
Yo por las maanas gruo o en su defecto emito sonidos guturales. Los que me rodean dicen que es porque tengo un mal despertar, pero yo creo que es un acto reflejo – ms que un hbito -, es decir, unos se levantan y se rascan las pelotas camino del bao, o por ser ms finos, se revuelven el pelo mientras bostezan; yo gruo arrrgh -. Adems me da igual que sea un da completamente feliz o que amanezca un da marrn. Los sntomas remiten tras la ducha.
Luego he cogido el hbito de ir en bici a trabajar, de atravesar la Glorieta de Atocha con un par y de rodar por el carril derecho del Paseo del Prado respetando el carril bus / taxi -, viendo como me adelantan los coches, sintiendo los rugidos impacientes de los motores revolucionndose detrs mo. Siempre pienso – al que le impaciente que se coja el metro -, adems les sonro al pasar junto a sus ventanillas cuando estn atascados, sonrer a la gente cuando est jodida es un hbito bonito, no?.
En el trabajo, he cogido el hbito de trabajar. Joder es increble. Quiero decir que ltimamente siento como la productividad fluye por mis venas espero que lea esto mi jefe, o no -. El caso es que, cuando uno es un gestor as lo llaman -, tiene que gestionar cosas intangibles del palo: – Dile a Fran que haga esto -, – vale -, – Fran, haz esto -, – vale -, ... – ya lo he hecho -, – vale, gracias -, -oye que eso ya est -. Y tu no haces nada salvo decirle a Fran, pero esto se termina convirtiendo en eso, y tu no has roturado la tierra con tus manos ni has sembrado los campos con tu sudor. Sobran gestores.
Todos los ltimos jueves de cada mes, junto a otra gente que tambin va en bici a trabajar, o se mueve en bici por Madrid para salir, ir al cine, ir a ver a la novia, o lo que sea, pues nos juntamos en Cibeles, junto a correos, a eso de las ocho de la tarde y nos damos un paseo para celebrar lo bien que se va en bici, lo limpia y funcional que es. Este es un hbito que se lo recomiendo a todo el mundo.
Por ltimo, peridicamente tengo el hbito de participar en mems de este tipo en los que todos escribimos sobre las mismas cosas, y no me digan que esto de los mems no es un hbito extrao.
Le trasmito el virus a quien quiera contagiarse.

En una sociedad en la que existieran cambiadores de bombillas, ascensoristas, disipahumos, friegacharcos o quitamultas a mi me gustara ser artista asfltico. Si, ya saben, esos locos un poco excntricos que consideran arte a los pasos de cebra y a las marcas viales. Y es que hoy en da le llaman arte casi a cualquier cosa, pero no me extraa, vivir en si es un arte, especialmente si tienes que hacerlo en una gran ciudad, con miles de personas movindose continuamente de un lado a otro.
Yo, sinceramente, me veo claramente feliz casi puedo celebrar mi felicidad – con mi mono con olor a disolvente, arrastrando esa especie de carricoche con grandes depsitos de pintura, con brochas, paletas y archiperres pictricos colgando de todos sus resquicios. Me veo recorriendo las avenidas en busca de paisajes cotidianos, de momentos urbanos y de nudos circulatorios.
Primero trazara sobre el asfalto mis bocetos con una brocha fina, por ejemplo, ante el encargo de un paso de cebra entre el nmero diez y el nmero once de la Calle Pelez tendera un puente entre una acera y otra, un puente con dos o tres ojos negros y unos pilares robustos y amenazantes para el automvil, que se lo piensen antes de no respetarlo. Sobre los pilares trazara una pasarela estable con una barandilla de finos forjados con formas alegres, como espirales o soplos de brisa. Los pilares, robustos en su base, evolucionaran hasta el cielo, estilizndose y curvndose en su final, en donde abrazaran con suavidad frgiles bombillas con forma de candil, iluminando as las noches oscuras del viandante.
Ms tarde, ya con la brocha gorda y mi sudor, me batira con el asfalto negro y rugoso y lo ablandara a base de pintura y ms pintura, como un bizcocho de chocolate al sumergirlo en un tazn de leche, que se ablande el muy rudo, que deje de rascar, que acaricie las suelas de los zapatos.
Una vez terminado dejara un cuenquito y un pincel en uno de los lados de la acera, para que todo aquel que lo deseara rubricara un yo cruz por aqu y no me atropell ningn coche -. Seguro que me hara muy feliz ver mis pasos colmados de rbricas, con la marca de ms de mil huellas.
Pero eso sera en una sociedad en la que existieran cambiadores de bombillas, ascensoristas, disipahumos, friegacharcos o quitamultas, claro.
* Ilustracin de Ana Trello: Ranura.

lvaro volva a casa en el metro como tantas otras veces. Baj las escaleras mecnicas, sac su billete, lo introdujo en la ranura, las puertas de cristal se abrieron con un silbido, como en aquellas pelculas de ciencia ficcin que vea de pequeo y abandon la superficie para introducirse en aquel submundo de tneles, rales y coincidencias efmeras.
Tom la lnea azul para luego hacer trasbordo en la amarilla, al final era todo cuestin de lneas y colores, lejanas a la superficie. Entraba en un sitio azul y sala en otro amarillo, o verde, o gris. Viajaba leyendo La hierba roja de Boris Vian e imaginaba cmo sera una vida sin recuerdos y prados del mismo color que la lnea roja, como Ventas, Goya o Banco de Espaa.
A Mara tambin le gustaba leer en el metro y esa tarde tambin hizo trasbordo en la amarilla. Sali del vagn y comenz a subir las escaleras mecnicas justo a la par que lvaro, un escaln, dos, tres como si fueran dos amigos que suben juntos, o novios. Ella tambin llevaba un libro. A mitad del tramo, en el carril derecho, porque las escaleras mecnicas del metro tienen carriles, como las carreteras una seora la detiene en su ascenso y debe cederle el paso a lvaro que toma la delantera en la carrera suburbana.
Pero no se da por vencida y sigue a lvaro de cerca, primero por un amplio vestbulo y luego hasta el andn amarillo, donde se para a unos siete u ocho metros de l y comienza a leer su libro esperando la entrada del siguiente convoy.
Cuando se abren las puertas entran cada uno por una, l por la primera y ella por la central. lvaro fija su objetivo, el asiento de un extremo, – en el que slo puede sentarse una persona a su lado pero Mara se le adelanta, venciendo la carrera en los metros finales, abre su libro y se pone a leer. lvaro se sienta en el banco de enfrente, entre dos personas, intenta leer pero no le apetece en realidad, as que cierra el libro y juguetea acariciando el marcador, un palo como el que los mdicos utilizan para mirar la garganta de los pacientes, del que cuelgan cordeles de colores y un pequeo cascabel.
Mara tampoco logra leer, cierra su libro y se apoya en la barra, dormitando, – otra de las ventajas del asiento del extremo -, se apea dos estaciones de la amarilla antes que lvaro. Esa nueva carrera, la de llegar antes a casa, tambin la vence Mara.
* Ilustracin de Ana Trello: Man
Hoy ha sido un da de esos que amanecen con nubes marrones, como si amenazaran con una lluvia de estircol maloliente. Es por ello que por unos segundos somnolientos me plante, ante mi armario abierto de par en par, si ponerme mi traje marrn con su corbata a juego o si ponerme otro. Finalmente opt por otro gris empujado por algn remoto arrebato de optimismo, esas voces que slo escucho yo y que me dicen cosas como vamos Alejandro! seguro que el da no va a ser tan malo -.
Llego a la oficina bien temprano y desayuno un caf slo y un cigarro, – empieza el da con alegra -, cantan a coro mis voces, y ultimo una presentacin para una importante empresa de seguros. Cuando tengo todo listo salgo en direccin a la parada del autobs, aguardo en un paso de cebra a que, al menos por unos segundos, el semforo derroque la tirana del automvil mientras miro despistado paseo abajo y la mole roja del veintisiete pasa a ochenta kilmetros por hora justo delante mo. Siento el espejo retrovisor volar a unos dos centmetros de mi cabeza y pienso en lo cerca que he estado de desparramar mi despistadas ideas por el asfalto ennegrecido de Recoletos. Joder.
Ms tarde, en la empresa de seguros, me mandan literalmente a tomar un caf porque – el director esta en otra reunin -. Sienta mal, si. Has madrugado para tener todo listo, te has puesto un traje, una jodida corbata y sienta mal, – esto es lo que hay -, y aprovecho para desayunar otra vez, esta vez un ColaCao la bebida de los campeones y unas barritas con tomate.
Durante la reunin tengo que acallar a mis voces que resuenan en mi cabeza insistentes: dile que es un gilipollas y que te la suda-, – aparta la corbata y mate sobre su escritorio mientras un prepotente de mierda me cuenta los importantes amigos jueces que tiene, queda en media hora dos veces para comer en el Rizt y me dice djeme hablar a mi mientras me explica con suficiencia como funciona – su sector -.
De vuelta a la oficina, medio dormido en el autobs he visto a una monja vomitando como la nia del exorcista en una mediana, mientras un taxista con las luces de emergencia puestas la miraba por el espejo retrovisor, – cmo est el trfico eh? hermana -.
Tras comer de taper y pasarme la tarde colgado al telfono vuelvo a casa y escribo esto, y me pregunto que cojones hago aqu en vez de estar tomando caas con los amigos, celebrando que no me atropell un autobs, que hoy supe un poquito mejor en quin no me quiero convertir nunca, contando lo de la monja, que no se ve todos los das y esperando que no llueva mierda justo el fin de semana, que ya se acerca.
Tengo un tesoro. Yo nunca he tenido un tesoro pero ahora tengo uno y lo pienso disfrutar, aunque tenga que convivir con el miedo a perderlo, luchar contra el ladrn que llevo dentro y contra mis temores codiciosos. As que nada de mapas absurdos, nada de enterrarlo en una isla, nada de cajas fuertes o fortalezas de gruesos muros, eso no seran ms que pasos atrs y yo quiero avanzar y dar la cara, pero con cabeza, no es cuestin de ser un hroe decapitado. Por eso va a ir conmigo all donde vaya yo y simplemente lo llevar en mis bolsillos. Cuando me apetezca mostrar sonriente algunas pepitas de oro sobre la palma de mi mano y a lo mejor te digo:
– mira, tengo un tesoro y yo nunca he tenido uno -.Es domingo y mi ltimo da de vacaciones, suficiente para que mi estado anmico sea poco menos que lamentable. Estoy como esperando en la celda que es mi casa a que maana me ejecuten en el trabajo. La pena laboral, las llamadas telefnicas letales, los clientes sepultureros, el garrote vil de mi jefe que poco a poco va a ir retorcindome el pescuezo, las corbatas que ahorcan, la sala del caf, ese improvisado paredn donde los reos charlan de las vacaciones disfrutadas, mientras encajan certeras balas que al dispararse resuenan: se han acabado, se han acabado-. Casi que prefiero la hoguera, la hoguera, la hoguera, como canta Krahe, pero hoguera va a haber, y de altas llamas. El martes seguro que estoy quemado de todo otra vez.