Hoy me he levantado dentro de un musical. Ha sonado el despertador, tan chirriante como siempre, he abierto la persiana y no estaba la calle con su bullicio de da recin nacido, haba un patio de butacas en penumbra, repleto de siluetas expectantes al comienzo del acto. – Cada da te despiertas peor -, he pensado, y me he ido a duchar. En la ducha me han entrado unas ganas irresistibles de ponerme a cantar, y eso que yo nunca canto en la ducha. No he podido evitarlo y he comenzado a chapurrear frases que han ido formando una tonada improvisada, – hoy no me puedo levantar… -. Luego he salido del bao y me he encontrado con mis padres en la cocina. Todo ha sucedido como sin darme cuenta. Mi madre tostaba pan y el tostador emita el sonido de cientos de violines, primaverales, alegres en su meloda trepidante. Mi padre ha empezado a cantarme los buenos das por la maana -, pareca radiante, contento, feliz, y ambos han bailado por la cocina mientras yo me tomaba un caf.
Ya en calle un barrendero bailaba al son de un vals de clxones con su escoba, los coches avanzaban, metro a metro en el atasco del Paseo, iban al comps, y los conductores sonrean al avanzar y ponan muecas tristes y llorosas al detenerse. Yo me he integrado con el conjunto y he cruzado por el paso de cebra haciendo piruetas y sin pisar las rayas blancas y as, esquivando a gente y girando sobre las puntas de los dedos de mis pies he llegado a la parada del autobs en donde todo se ha calmado y las personas que hacan cola han comenzado a interpretar un blues mientras chasqueaban sus dedos y llevaban el ritmo con el pie:
Que mierda es el trabajo, nena.
Que mierda es
Que mierda es el trabajo
Que mierda es
Me he puesto al final de la cola y me he dejado llevar por el ritmo y la tristeza, me han salido unas ojeras tan negras como los tneles del metro y le he puesto cara de resignacin a la rutina que llegaba en forma de 27.