
A veces se me olvida que la calle donde vivo es el universo. Nuestro universo, el mo y el de todos mis vecinos. Los domingos amanece, me pongo algo cmodo y bajo a por el peridico al quiosco de la esquina, como tantas otras personas, pero cuando llego al quiosco, o ms bien a la esquina, es cuando veo el lmite y recuerdo lo diminuto de mi mundo y lo encerrados que estamos. All donde debera estar el asfalto negro y el trfico constante del antiguo paseo perpendicular a mi calle, no hay nada. Nada. En la esquina, una papelera vaca hace de viga inmvil de esa enormidad vaca, como unos prismticos ubicados en lo alto de un mirador, esos en los que se echan las monedas y puedes divisar los detalles de un paisaje.
Aun as los domingos me siguen gustando tanto como me gustaban antes. Es el da que bajo y con la excusa del peridico me doy un paseo hasta el quiosco y luego retrocedo calle abajo hasta el otro lmite. Un semforo, siempre en rojo, lo certifica. Sera contradictorio que el semforo cambiara a verde, para qu?, hacia dnde avanzar?
Muchos de mis vecinos tambin aprovechan para pasear los domingos y en primavera bajamos casi todos, entonces la calle se llena de gente que va y viene, como el patio de una crcel. Puede que el buen clima nos anime y nos haga sonrer y estar felices, parece que la calidez del sol nos hace olvidar nuestra limitaciones el semforo y la papelera -, y los domingos primaverales son como una pequea fiesta de barrio, en el que las guirnaldas y banderolas son las ropas tendidas en los balcones, que ondean mostrando sus colores chillones con la brisa. Mucha gente aprovecha para pasar todo el da en la calle y tienden manteles en la acera y comen ofreciendo limonada a los que pasan.
Yo vivo slo. El da que de repente el universo se redujo a nuestra calle mi mujer estaba trabajando en la otra punta de la ciudad, as que nunca regres ni volv a saber de ella. Lo mismo le ocurri a muchos de mis vecinos: un hijo en la escuela, un esposo de viaje, y los abuelos, qu habr sido de los abuelos, se preguntan muchos. Pero en general, ya nos hemos rehecho de las prdidas, o al menos yo he superado la de mi mujer. Muchas noches me duermo pensando en lo de los lmites y preguntndome qu habr sido de toda esa gente y todos esos lugares que antes estaban y sbitamente dejaron de estar. Por la maana, tomando una taza de t, le doy forma a mltiples teoras sobre lo que sucedi. Generalmente se impone la teora de que, los otros, mi mujer, realmente no han desaparecido, no se han volatilizado, sino que habitan en otros fragmentos aislados preguntndose y padeciendo lo mismo que padecemos nosotros en nuestra calle. Luego comienzo mis quehaceres diarios y todos esos pensamientos se disipan con la rutina.
La rutina que senta antes de los lmites no se puede comparar a la rutina que siento ahora. A veces creo que fue nuestra vida montona e insulsa lo que fue estrechando nuestro mundo de esta manera. Yo antes me levantaba temprano, iba a trabajar, volva, charlaba con mi mujer y los fines de semana salamos a dar una vuelta. Mi vida era bastante regular en hbitos y actividades, pero al menos me desplazaba de un lugar a otro y, a veces, visitaba lugares nuevos. Dentro de los lmites sigo siendo una persona de hbitos regulares: me levanto, realizo mis tareas de casa, las cosas de la comunidad y los domingos salgo a pasear. Pero estn los lmites. Hago lo mismo pero en menos espacio y eso amplifica mi sensacin de rutina y esta, a su vez, la sensacin de estar encerrado.
Me he planteado cientos de veces qu sucedera si me decidiera a traspasar los lmites, qu ocurrira si un da echara a andar calle abajo, me saltara el semforo en rojo y me adentrara en el vaco que nos rodea. Muchos domingos he pasado horas frente al semforo escudriando la oscuridad, tratando de divisar alguna luz en mitad de la nada, alguna estrella, algn rastro de vida, otro fragmento con edificios y quizs algn jardn, otro camino por el que pasear. Pero nunca me he atrevido a dar ese paso adelante ya que en mi interior habita un miedo tan negro como la nada, miedo a lanzarme a un viaje solitario e ingrvido que termine en el otro extremo de la calle, junto a la papelera que hace de viga.
*Ilustracin El hombre sardina, de Ana Trello.
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