No s porqu lo llaman odio cuando quieren decir amor.
Hay veces en la vida en las que te quieres morir, y otras en las que parece que te ests muriendo por lo intenso de la vivencia, yo lo llamo, vivir con la vida en carne viva, vivir con la muerte al fondo, de espectadora. Eso fue lo que me ocurri durante aquellos das en los que compartimos un caf por las noches.
Recuerdo la primera vez que nos citamos, yo llegu antes que t, no se muy bien si fue en la cafetera del malecn o en la del paseo, desde ambos locales poda verse el mar aunque aquella noche haba niebla y la luna estaba oculta, por lo que apenas podan verse las luces de la ciudad al otro lado del asfalto. Tu llegaste envuelta en aquel abrigo tuyo, aun as me dijiste que estabas muerta de fro, es por la humedad, que se mete en los huesos y de ah no sale aunque te envuelvas en mil abrigos, me dijiste.
Luego hablamos sobre nosotros, vagamente, de manera superficial, como si hablramos sobre dos desconocidos. T me hablabas sobre tu infancia en Galicia y a la par que me contabas me preguntabas sobre la ma la en Madrid. Yo te responda con nuevas preguntas inspidas y los dos nos aburramos pese a que veces nos reamos a carcajadas con algunas ancdotas.
Una noche te pregunt sobre el amor y tu me respondiste que odiabas a los hombres, te pregunt porqu y respondiste que siempre que te haban intentado querer te haban lastimado, como si en el fondo te odiaran. Luego hablamos de mis amores durante un montn de horas en las que podamos intuir el mar, liso y calmo, como un plato que espera vaco el alimento. Pero a mi tanta calma me puso nervioso y comenc a fumar y a tomar caf tras caf, y a hablar con balbuceos, y trat de explicarte como mis experiencias amorosas pasadas ataban mi presente y mi futuro, como esos perros que tienen unos metros de cadena y que ladran y se lanzan a por ti, y cuando van a devorarte su argolla los frena de golpe. Te expliqu que si mis amores fueran oro, yo era un pobre rodeado de riquezas, un escalador frustrado que contempla desde la cima ms alta como ya se acabaron las cimas por superar. Y fue entonces, cuando entre cimas heladas, tu me besaste, y yo sent tus labios pero no tu beso, y fue con tus labios junto a los mos cuando sent que mora en vida, cuando comprend que aquellos labios sin beso me haran odiarte de amor, o quererte con odio, quererte, paradjicamente.
* Cumbre, Ilustracin deAna Trello
Avance!, uno!, dos!, tres! La mquina tragaperras no haba parado de tragar en toda la tarde; consumir, lo que se dice consumir, no se haba consumido mucho, lo normal para una tarde de agosto: unas pocas caas, algn vinito y los cafs y licores tras la hora de la comida, pero por lo general la parroquia estaba tranquila, salvo el Manuel, que no paraba de echarle chicha a la tragaperras: Manuel cojones, que te vas a dejar el jornal entero, le deca Paco tras barra, pero Manuel no pareca escuchar nada ms que las melodas que soltaba el cacharro.
Matias Candeiras, con su carta Rastros de pintura fue el ganador del V Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor que organiza Escuela de Escritores.
Mis felicitaciones desde aqu a Matas.
Aqu tienen las cartas ganadoras en convocatorias anteriores.

Pelez se dedicaba a estropear sorpresas. No se senta orgulloso de ello pero lo cierto es que as era, estropeaba sorpresas. Puede que fuera por envidia ya que l era incapaz de sorprenderse por nada. Y es que Pelez era un tipo que pareca saberlo todo de antemano, posea una especie de sexto sentido de la anticipacin que le haca adelantarse a cualquier cosa que pudiera sorprenderle. Lo ms seguro es que por eso mismo siempre tuviera en su rostro esa expresin imperturbable y esa mirada carente de ilusin. Recuerdo que era como si te traspasara con esa mirada, pareca que lograba ver a travs tuyo, como si de alguna manera lograra leer tus pensamientos o simplemente estuviera viendo lo que iba a pasar por los rasgos de tu cara o el movimiento de tus ojos. Yo nunca haba visto en nadie una mirada semejante y con el paso del tiempo tampoco la he vuelto a ver.

* Udensrozes ziedu meklejot, de Kristine Luize Avotina
Conoca a Emilio desde haca unos aos. Nos present un amigo comn y congeniamos, aunque he de decir que no del todo al principio. Emilio tena algo que no me terminaba de gustar, algo en l no era transparente, daba siempre la sensacin de ocultar algo, y eso me inquietaba. Con el paso del tiempo le fui dando cada vez menos importancia a mis inquietudes con respecto a l. Cada vez que tras una de nuestras reuniones o de alguna charla por telfono a m me venan esas sensaciones, haca por ocultarlas argumentndome que todo se deba a unos absurdos prejuicios.
Pese a todo, llegamos a tener bastante confianza. Un da me llam por telfono para invitarme a cenar en su casa. Iran unas amigas suyas, tambin se pasara Luis, el amigo que nos present y algunos amigos ms de su trabajo. Emilio viva en un chalet situado en un pueblo de las afueras. Tena dos alturas y un garaje bastante amplio, todo rodeado de un jardn bien cuidado aunque no muy grande. Recuerdo que la velada fue bastante divertida y generosa en vino. Todo el mundo llev alguna botella, lo tpico en esas cenas, y nos las bebimos en un santiamn. Una de las amigas de Emilio, Vanesa, era bastante lanzada, puede que en exceso – puede que por el vino -, lo cierto, es que casi desde el principio nos enredamos en un flirteo inocente que se enred bastante ms al final, con una escapada al jardn algo menos inocente.
Paradjicamente la soledad a veces tiene cara y voz y se convierte en una persona que te acompaa a lo largo del da.
Al principio esa persona imaginaria no es ms que un simple boceto, un esbozo, apenas unos trazos en tu cabeza, con los que mantienes una charla trivial, como cuando hablas del tiempo y de la lluvia – que no llega! – con algn vecino en el ascensor.
Pero poco a poco te vas familiarizando y vas construyendo tu propio amigo personal a imagen y semejaza de todo eso que aoras. Pura comprensin para todos tus problemas, hombros mullidos donde apoyar tu cabeza los das tristes, animada charla y amena compaa, o unos brazos que te rodean en la cama las noches fras.
En ocasiones se convierte en algo tan real y llega formar parte de ti, de manera tan profunda, que comienzas a verlo por la calle, en el trabajo, en el instituto, en el supermercado, y se proyecta en Juan o en Ana, y tiene la nariz de Lucia y te mira con los ojos de Luis.
Luego es cuando recuerdas que tu amigo se llamaba soledad y el muy cabrn desaparece de la noche a la maana, dejando un hueco vaco dentro del hueco vaco que ya tenas. Ah es cuando te das cuenta de que echas de menos a una persona a la que no conoces, a una persona que no existe.
Tengo resaca de ti. Es como cuando el mar, tras estampar su ola contra la playa, te arrastra para dentro a su merced.
Todava puedo sentir la incertidumbre golpeando las paredes de mi estmago, muchas cosas haba que hacer esa noche, mucha gente a la que ver, muchos caminos que se ramificaban hasta alcanzar finales inciertos, decepcionantes, felices o esperados. Esa incertidumbre se convirti en estupidez de manera instantnea cuando te plantaste enfrente mo, en un no saber que decir ni que proponer, en un observar como mis esquemas mentales y los castillos de humo que se alzaban en mi cabeza se desmoronaban con la misma fragilidad con la que se alzaron. Busqu una seal, una mirada, un gesto que me ayudara a comenzar a andar por la senda de la derecha o por la de la izquierda y no logr encontrar nada, como un invidente ante un rastro de huellas profundas.
Luego todo rod fcil, las cosas son siempre ms sencillas de lo que parecen en un principio, sin dejar fuera los millones de matices, son ms fciles aunque me empee en que sean difciles, y llegan a su puerto y se amarran bien dentro, como el barco que se bati con mil marejadas y que aparece por el horizonte cuando el mar est en calma de nuevo. Entonces es en el puerto donde comienza a gestarse la tormenta, una tormenta imaginaria y ma, en la que los barcos anclados y mecidos por las olas las fueran haciendo crecer con sus vaivenes hasta que el apacible mecer se enerva y se encrespa en grandes muros de agua que avanzan hacia la costa erosionada, que soy yo, pura limitacin y miedo, amasijo de recuerdos estpidos, celdas en las que me auto encarcelo para luego pedirme a gritos amnista y libertad.
Tengo resaca de tus noches, de los abrazos y las caricias, de no querer que llegue el da, de no subir nunca las persianas, de las cosas que llevan escritas tu nombre, de la msica que no me gusta, de tus pies y tus manos pequeas, del sabor de tu piel, de la isla que es nuestro sueo y slo nuestro, rodeada de ocanos de realidad, rodeada por todo lo cotidiano, esa que no aparece en ningn mapa pero que est ah y es innegable.
Es increble en la de cosas sin importancia en las que fijas tu atencin antes de subir a un avin. Cuando ests esperando a embarcar comienzas a fijarte en los que sern tus compaeros de vuelo. Personalmente siempre me fijo con atencin e intento discernir cosas sobre ellos, de dnde sern, a dnde irn, cual ser el motivo de su viaje o su nombre. Siempre saco mis conclusiones y me invento unas historias que en la sala de embarque me parecen las que ms se ajustan a la realidad. Cuando luego los observo en el interior del avin esas historias ya no me valen porque me parecen gente completamente distinta, pero yo sigo desviando la atencin y trato de recordar lugares de procedencia, reuniones de negocio y visitas a parientes que logren acallar la voz que suena en mi interior y que me repite, una y otra vez, que deje las historias, que el avin se puede venir abajo. Pero yo hago odos sordos a mi voz y termino abrochndome el ridculo cinturn de seguridad, sentado en el asiento de clase turista, dispuesto a despegar.
Warren Dodge no necesitaba dormir. Salvo por eso todo en su vida era normal. Tena cuarenta y siete aos, estaba casado y tena dos nios. Trabajaba como contable para una gran empresa y viva cmodamente en un tranquilo barrio residencial. Al principio lo mantuvo en secreto. Un da comenz a no tener sueo, a no necesitar acostarse. Caa la noche y l segua activo. Se acostaba como las personas normales pero pronto sala de la cama y paseaba por su casa, a oscuras y en silencio para no despertar a su familia. Recorra los pasillos, el saln, la cocina y a veces sala a la terraza a contemplar las luces de la ciudad. Con el tiempo fue difcil esconderlo de su esposa pero, pese a las insistencias de esta, no quiso ponerse en manos de ningn especialista, l no se senta cansado ni enfermo.
Se senta aburrido. La casa se le qued pequea, as que comenz a pasear por las calles circundantes hasta que el barrio se le qued pequeo tambin, harto de las mismas aceras, de los mismos jardines, Warren comenz a explorar la ciudad por la noches. Deambulaba caminando pausadamente por las calles solitarias, bajo la luz de las farolas, como una sombra silenciosa, aorando el da y la actividad de este.
Con el paso del tiempo Warren conoci ms personas como l. De vez en cuando se juntaban en algn parque del centro para charlar o en algn bar abierto a horas intempestivas para jugar al billar y beber cerveza. Gracias a uno de sus amigos nocturnos consigui un trabajo como encargado de una lavandera que abra las veinticuatro horas. Una noche entr Jodie Harper cargada con una gran bolsa de ropa sucia y sus noches cambiaron para siempre.
Jodie era tres aos menor que l, estaba casada, tena una hija de diecisiete aos y llevaba un par de aos sin dormir. Ambos decidieron rehacer su vida nocturna. Alquilaron un pequeo apartamento donde pasaban juntos las noches en las que Warren libraba en la lavandera. Fueron tan felices y se sintieron tan dichosos que a ambos comenz a retornarles el sueo, pero justo cuando las luces de la ciudad comenzaban a apagarse, justo en las horas en las que el sol comenzaba a iluminar las calles, los parques y los nuevos das.
Hay gente que es ms atractiva en algunos momentos que en otros. Y claro est, dependiendo de los ojos que observen y valoren virtudes, la nota es mayor o menor. S Samuel se hubiera cruzado con Olivia cualquier da invernal por Recoletos muy posiblemente ni se hubiera fijado en ella, se hubieran cruzado como dos sombras fras y distantes perdindose entre las calles y avenidas de la urbe. Pero sus vidas se cruzaron en la playa, en pleno mes de Julio.
Olivia trabajaba como auxiliar administrativo para una pequea empresa ubicada en la zona norte de Madrid; cuarenta minutos de atascos rutinarios y cerca de diez o doce horas diarias aguantando a su jefe, un cacique de esos de los que todava dictan las cartas a sus subordinados, como si estuviera dando un discurso en el que la solemnidad ocultara la ineptitud ante un procesador de textos y el teclado del ordenador. Su jefe y los atascos fueron motivo suficiente para que aceptara sin pensarlo la invitacin de Mara, la prima de Samuel, de pasar un par de semanas en la costa levantina.
Samuel lleg cuatro o cinco das ms tarde que Olivia y en seguida hicieron buenas migas. l era buen conversador y tras varias copas de vino podra decirse que incluso parlanchn, lo cierto era que Olivia se diverta bastante en su compaa. Una noche tras una agradable cena en una terraza se desmarcaron de Mara y cuando se fue a dormir fueron a tomar unas copas. Entre whisky y whisky Samuel propuso ir al mar a baarse, Olivia acepto y a Samuel se le subieron otras cosas a parte de las copas a la cabeza.
Camino de la playa charlaron animadamente, como siempre. Samuel miraba de soslayo a Olivia, sus hombros tostados por el sol y tambin sus piernas que aunque no eran largas y esbeltas eran de una robustez que le resultaba bastante ertica. Iba imaginando como, con el agua por la cintura, le quitara la camiseta blanca de tirantes y como besara los pezones que tantas maanas se dejaban imaginar tras el bikini mojado, metera la mano debajo de su falda rozando el interior de sus muslos buscando lo que todos buscan tarde o temprano.
Bajaron a la playa y caminaron por la arena ya en silencio, y el mismo silencio les susurraba al odo, como un pequeo y picante diablo, que ese era el momento, que no deban demorarlo ms. No se demoraron.
No volvieron a repetirlo pese a que les fue bastante grato, ambos volvieron a las rutinas de sus trabajos y los atascos, hablaron un par de veces por telfono y dijeron de verse, de cenar, de recordar esos das tan agradables en la playa, pero enterrados en trabajo y compromisos nunca llegaron a quedar ni a verse. Aunque a lo mejor alguna vez se han cruzado por Recoletos, sin reconocerse, y como dos sombras fras y distantes se han perdido por las calles y las avenidas.