Hay gente que vive sus xitos como si fueran fracasos. Es como si tras el logro, la alegra los empujara a un charco lleno de mierda. Logro, empujn y charco de mierda. Adems, por si fuera poco, los fracasos los viven como fracasos. Fracaso, tropezn y charco de mierda.
Luego hay gente que vive sus xitos como si fueran fracasos y sus fracasos como si fueran xitos. Increble pero cierto. Nadan a contracorriente y se juntan al fuego con menos brasas.
Estn los que viven sus fracasos como xitos y que saben disfrutar sus xitos reales. Viven en el xito, por el xito y para el xito, no fracasan nunca. Son capaces de levantar triunfales una copa llena de mierda con la mierda hasta el cuello o en lo alto del ms laureado pdium y les da igual.
Partiendo de estas tres tipologas podemos ir introduciendo matices, la vida no son slo xitos y fracasos, o ms bien, los xitos y los fracasos no siempre son absolutos, est lo de la copa medio llena o medio vaca. Luego uno puede ser un fracasado y fracasar siempre pero ser de los que vive sus fracasos como xitos y llevar una existencia exitosa a ms fracasar. La contrapartida la tendramos en un individuo de logros exitosos que no supiera verlos xitos sino fracasos, llevara una exitosa vida fracasada.
Y siempre nos quedar el tpico, que xito tras xito, sean reales o no, fracasa al final y convierte los fracasos ajenos un poquito ms en xitos.
Por las noches sueo con ciudades abarrotadas. Bajo a la calle y mis vecinos tienen las puertas de sus casas abiertas y de ellas entran y salen sus amigos y familiares y otros vecinos, y yo tengo que pegar la espalda en la pared en los descansillos de la escalera para ceder el paso, bajo tramo a tramo tratando de no empujar a nadie, de ser respetuoso y educado, de respetar los espacios vitales, pero me es difcil ya que me vienen empujando de atrs, y me espetan para que baje ms rpido. Cuando llego al portal la calle es una maraa de personas tratando de abrirse paso las unas entre las otras, intento retroceder y volver a mi casa pero me es imposible por los que vienen detrs mo y en un momento estoy en mitad de la corriente humana de mi calle entre: -quita de en medio, alelado! -, y – aparta cojones! -.
Logro coger el ritmo y comienzo a formar parte de un flujo que se dirige a la avenida de cuatro carriles en la que desemboca mi pequea calle de barrio y entro en la avenida como una pequea gota de agua de ro que se funde con la inmensidad del mar, y siento que soy parte de una muchedumbre infinita mucho ms que la del No a la Guerra que parece actuar como un ente nico que palpita en funcin a millones de impulsos individuales.
Me dejo llevar avenida arriba hasta que termino dando un traspis y trato de sujetarme sobre una pequea puerta chirriante que cede bajo mi peso y se abre, caigo dentro de un pequeo jardn escondido tras unos frondosos setos que parecen acallar los sonidos de la gente. El jardn tiene un banco de madera, me siento y disfruto del aire fresco purificado por las plantas del jardn.
Otra vez con las manos sobre el teclado y ese sonido mecnico y regular de las teclas que se hunden, como las patas de un insecto que se mueve rpido y con pausas cortas. He intentado dormir pero me ha sido imposible, mi cerebro es un hervidero, un enjambre histrico y frentico por convertirse en letras, slabas, palabras, frases e historias. Es una obsesin por narrarlo todo que no puedo controlar y que me levanta en mitad de la noche, que interrumpe mi existencia continuamente para narrar la de otros.
Vivo pegado a una libreta en la que anoto todo lo que se me ocurre en cualquier momento y en cualquier lugar, voy en el autobs y me viene el impulso irrefrenable de anotar ideas sobre algn personaje, los rasgos de alguien peculiar que espera en una parada, ancdotas urbanas que encajan con mis historias, y de la nota paso al prrafo y as al relato corto, y ah atrs queda mi parada y termino bajndome en un lugar de la ciudad en el que nunca he estado, pienso que lo que me ha ocurrido da para una historia y me siento en un banco a escribirlo en la libreta hasta que esta se queda sin hojas y sigo escribiendo encima de lo que escrib anteriormente.
Ya no se quin soy, me confundo con los personajes de las historias, escritas las unas sobre las otras en las pginas de mi libreta, mecanografiadas sobre un teclado de plstico, como el reptar de un insecto, me he perdido entre las letras, las slabas, las palabras y los prrafos.
Me siento ante la pantalla del ordenador, otra vez el abismo de la hoja en blanco, ese abismo es un reflejo de mi cerebro carente de ideas, de mi pluma vaga. La culpa es de este calor me digo -, es como si llevara una coraza de plomo que no me dejara moverme. Aun as soy terco y lo intento, durante das. A veces voy en el autobs escuchando algn grupo anglosajn del momento y un hilo fino y dbil se me aparece, como la silueta de algo efmero, pero en cuanto tiro de l, en cuanto intento ir dndole forma se desvanece y como lleg se va, y yo me pierdo en otras cosas, en la maraa de obligaciones y preocupaciones del mundo real y en las calles vacas de gente. Entonces utilizo el viejo recurso de escribir sobre que no tengo nada sobre lo que escribir, y es como si la hoja en blanco se llenara a su vez de otra hoja en blanco, y en vez de tener que enfrentarme a una tengo que enfrentarme a dos.
Al final logro dejarme llevar, como el que entra en una rutina que no quiere y termina adquiriendo un hbito, y los dedos parecen pulsar las teclas solos, y la sensacin de que el yo ficticio que se enfrenta a la hoja en blanco dentro de mi hoja en blanco es como un ttere conectado a mis dedos aumenta con cada pulsacin. Puedo controlar a mi marioneta a placer y la ordeno que escriba, que escriba sin parar, que llene hojas y hojas con historias de mariposas que invaden ciudades y de mosquitos que transmiten la codicia.
Hay una plaga de mosquitos que trasmiten la codicia.
Pueden descargarse El arcn en formato .doc para imprimir, por si les apetece leer algo en el autobs. Se aceptan, versiones, correcciones, continuaciones, ilustraciones, citas, comentarios y por supuesto crticas.
Simplemente les recuerdo que los contenidos del frasco estn sujetos a una licencia Creative Commons.
1.
La mesa del saln es de madera maciza, un rectngulo longitudinal que va de un extremo del saln de trofeos al otro. Los extremos de la mesa marcan tambin mi campo de visin, no logro ver mucho ms all de los extremos de la mesa, si veo, en cambio, a mis compaeros de la pared de enfrente. Siempre los mismos rostros, las mismas miradas vacas y los mismos temas de conversacin:
– Creo que hoy celebran un banquete -.2.
Un da vino un seor y se me qued mirando fijamente. Lo haca de una manera completamente impune. Era como si estuviera viendo a la mismsima muerte enjaulada en un zoo, lejos del alcance de su guadaa pero lo suficientemente cerca como para poder darse cuenta de las grietas de su rostro y el vaco infinito de sus ojos.
3.
Lo peor es cuando vuelves a ver a tu cazador. Lo cazaras t a l, pero no eres ms que una cabeza cortada clavada a una pared.
Pueden descargarse La caja en formato .doc para imprimir, por si les apetece leer algo este fin de semana. Se aceptan, versiones, correcciones, continuaciones, ilustraciones, citas, comentarios y por supuesto crticas.
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A Mike.
En el campo de batalla reinaba un silencio tenso, la calma engaosa que precede a la tempestad. Las tropas estaban ya dispuestas, slo aguardaban la salida del sol para comenzar las maniobras. Los ejrcitos se hallaban enfrentados en idntica formacin, se dira que iban a utilizar la misma tctica en el combate. Primero las lneas de peones, fuerza de choque o escudo humano, a los flancos las enormes torres, vigas privilegiados del campo de batalla, luego las caballeras, inquietas, y por ltimo, flanqueando a los altivos monarcas, los sibilinos alfiles, que afilaban sus largas alabardas en espera de utilizarlas con certeza en alguna sangrienta ocasin.
Mateo, por ver, no vea lo que se dice ni un pimiento, y eso que llevaba unas gafas de pasta con los cristales bien gruesos. Peridicamente acuda al oftalmlogo a revisar su vista, que lejos de mejorar, empeoraba con los aos y el trabajo delante de la pantalla del ordenador.
Mateo recordaba que desde muy pequeo, cuando iba a las consultas, le llamaba la atencin aquellos carteles proyectados con letras negras y cuadradas que el doctor le haca decir en voz alta, el apenas poda leer las primeras lneas, las de las letras grandes, pero le gustaba tratar de componer palabras extraas con aquellas combinaciones: hachetelecege, telecegehache o chetehagecele. Qu podra ser un telecegehache, una mquina futurista que lanzara rayos lser o un gigantesco radar que sondeara el espacio? Mateo siempre tena respuestas para todas sus invenciones.
Para lo nico que Mateo no tena respuestas era cuando le preguntaban por las letras de las lneas de abajo, por los caracteres pequeos. Ah se acababan las naves espaciales, los hacheteleceges y las galaxias conocidas, y se adentraba en un universo de nebulosas y materias oscuras llenas de misterio e intriga.
Intriga por saber qu nuevas palabras formaban las inapreciables letras de las lneas inferiores fue lo que Mateo fue acumulando durante casi veinte aos, pero todo cambi cuando una tarde lo llam su hermana, bastante excitada, para contarle que haba ledo en el peridico que en Espaa se estaba comenzando a operar con xito miopas gracias al lser. Mateo no se lo poda creer y corri a consultarle a su oftalmlogo. Este le previno de los costes de la operacin y de los riesgos que esta entraaba al ser una tcnica relativamente nueva, pero nada pudo disuadir a Mateo del deseo de ver bien, de estrellar las gafas contra el suelo, de saber por fin, qu letras haba en las ltimas lneas.
La operacin fue perfecta y tras el periodo de recuperacin pertinente, Mateo fue a la consulta dispuesto a desvelar el misterio que arrastraba durante tanto tiempo. Y lo descubri: en las ltimas lneas pudo leer claramente tonto el que lo lea -, y Mateo rompi a llorar de la emocin de ser un tonto, un tonto pero con vista.