Por las noches sueo con ciudades abarrotadas. Bajo a la calle y mis vecinos tienen las puertas de sus casas abiertas y de ellas entran y salen sus amigos y familiares y otros vecinos, y yo tengo que pegar la espalda en la pared en los descansillos de la escalera para ceder el paso, bajo tramo a tramo tratando de no empujar a nadie, de ser respetuoso y educado, de respetar los espacios vitales, pero me es difcil ya que me vienen empujando de atrs, y me espetan para que baje ms rpido. Cuando llego al portal la calle es una maraa de personas tratando de abrirse paso las unas entre las otras, intento retroceder y volver a mi casa pero me es imposible por los que vienen detrs mo y en un momento estoy en mitad de la corriente humana de mi calle entre: -quita de en medio, alelado! -, y – aparta cojones! -.
Logro coger el ritmo y comienzo a formar parte de un flujo que se dirige a la avenida de cuatro carriles en la que desemboca mi pequea calle de barrio y entro en la avenida como una pequea gota de agua de ro que se funde con la inmensidad del mar, y siento que soy parte de una muchedumbre infinita mucho ms que la del No a la Guerra que parece actuar como un ente nico que palpita en funcin a millones de impulsos individuales.
Me dejo llevar avenida arriba hasta que termino dando un traspis y trato de sujetarme sobre una pequea puerta chirriante que cede bajo mi peso y se abre, caigo dentro de un pequeo jardn escondido tras unos frondosos setos que parecen acallar los sonidos de la gente. El jardn tiene un banco de madera, me siento y disfruto del aire fresco purificado por las plantas del jardn.
Toda la ciudad se ha llenado de mariposas. Fueron llegando poco a poco, aleteando entre el trfico.
Se posaron en las mesas de las terrazas, sobre los semforos, entraron en las casas, en los colegios, colapsaron los tneles del metro y cortaron la Castellana.
A veces pienso que es la marioneta la que maneja los hilos. Uno mueve las varillas y el ttere responde de manera que parece autnomo e interacta con su entorno, y a veces interacta con uno mismo y le obliga a uno mismo a interactuar tambin, accin reaccin, accin reaccin, y entonces es cuando pienso que es la marioneta la que maneja mis hilos, que soy el ttere de un ttere, que somos tteres encerrados en un retablo encerrado en otro retablo, que somos tteres.
Hoy me he levantado dentro de un musical. Ha sonado el despertador, tan chirriante como siempre, he abierto la persiana y no estaba la calle con su bullicio de da recin nacido, haba un patio de butacas en penumbra, repleto de siluetas expectantes al comienzo del acto. – Cada da te despiertas peor -, he pensado, y me he ido a duchar. En la ducha me han entrado unas ganas irresistibles de ponerme a cantar, y eso que yo nunca canto en la ducha. No he podido evitarlo y he comenzado a chapurrear frases que han ido formando una tonada improvisada, – hoy no me puedo levantar… -. Luego he salido del bao y me he encontrado con mis padres en la cocina. Todo ha sucedido como sin darme cuenta. Mi madre tostaba pan y el tostador emita el sonido de cientos de violines, primaverales, alegres en su meloda trepidante. Mi padre ha empezado a cantarme los buenos das por la maana -, pareca radiante, contento, feliz, y ambos han bailado por la cocina mientras yo me tomaba un caf.
Ya en calle un barrendero bailaba al son de un vals de clxones con su escoba, los coches avanzaban, metro a metro en el atasco del Paseo, iban al comps, y los conductores sonrean al avanzar y ponan muecas tristes y llorosas al detenerse. Yo me he integrado con el conjunto y he cruzado por el paso de cebra haciendo piruetas y sin pisar las rayas blancas y as, esquivando a gente y girando sobre las puntas de los dedos de mis pies he llegado a la parada del autobs en donde todo se ha calmado y las personas que hacan cola han comenzado a interpretar un blues mientras chasqueaban sus dedos y llevaban el ritmo con el pie:
Que mierda es el trabajo, nena.
Que mierda es
Que mierda es el trabajo
Que mierda es
Me he puesto al final de la cola y me he dejado llevar por el ritmo y la tristeza, me han salido unas ojeras tan negras como los tneles del metro y le he puesto cara de resignacin a la rutina que llegaba en forma de 27.
Le impact mucho Manuscrito hallado en un bolsillo, le impact tanto que l tambin comenz a jugar pero con distinta suerte. Cuando por fin todo coincidi la abord en la salida de Ventura Rodrguez y le dijo eso de: – No puede ser que nos separemos as, antes de habernos encontrado -, ella le dio un empelln con su bolso rojo y le grit: -aprtate de m, pervertido hijo de puta, o llamo a la polica! -. Slo hay espacio para sueos rotos en el Metro de Madrid.
Llego a casa, abro la persiana de mi habitacin y lo veo all en su ventana, mirndome. Es como si me estuviera esperando. Est con los brazos cruzados y puedo sentir sus ojos en los mos. Me aparto enseguida del cristal y me lo un cigarrillo cada da me salen peor -, mientras fumo vuelvo a mirar y sigue all en la misma postura. Me vuelvo a apartar y termino el cigarrillo intranquilo. Luego me asomo de nuevo pensando en que ya se habr marchado pero sigue all de brazos cruzados, sin apartar la mirada, as que lo miro fijamente yo tambin, cruzo los brazos y estamos as unas cuantas horas hasta que el cansancio l- me vence y desisto. Me aparto de la ventana, pero esta vez con una profunda sensacin de derrota. Creo que nunca he conocido a nadie tan terco.
He decidido grabarlo con una pequea cmara digital de vdeo, as que esta maana antes de ir a trabajar compruebo si l sigue all. Sigue, de hecho da la sensacin de que no se ha movido en toda la noche. – Ser cabezn -, pienso para m mientras coloco la cmara y la dejo grabando. Mi intencin es tener material suficiente para entrenar antes de que decida enfrentarme de nuevo a l. Podra entrenar frente a un espejo pero yo no soy l, mi mirada no es tan incisiva, por otro lado, entre su ventana y la ma hay una calle bulliciosa con miles de estmulos cada minuto, y el duelo implica mirarse a los ojos, clavar los ojos en los del otro sin que medie un autobs o el conflicto de dos conductores en el semforo.
Llego a casa bastante cansado, como algo rpido y voy a retirar la cmara, l sigue all, – es increble, jams podr vencerlo -, voy al saln, conecto la cmara al televisor y reproduzco lo que la cmara ha grabado mientras tomo una cerveza y tengo grandes dificultades para liar un cigarro que luego pueda fumar sin quedarme con el filtro entre los labios al retirar el cigarro de mi boca. El video me revela que no se ha movido de la ventana en al menos todo el tiempo en que la cmara ha estado grabando. Me mira desde la grabacin fijamente y no puedo evitar imaginarlo en la ventana mirando en esos mismos instantes. Trato de concentrarme en la grabacin, de pie, enfrente del televisor con los brazos cruzados me centro en su mirada grabacin tras grabacin, l en el video nunca cede y eso me sirve para fortalecerme, como un boxeador que golpea incansable al saco sin lograr tumbarlo directo tras directo.
Dedico tres o cuatro semanas a mirar el video hasta que un da decido enfrentarme a l de verdad, no a su imagen. Salgo a la ventana y est all, nuestras miradas se enzarzan la una con la otra como si en la calle dos automviles trataran de aparcar en el mismo hueco libre. Tras unas cuantas horas noto como comienza a ceder, al principio es un leve parpadeo, luego aparta la mirada durante un par de segundos, yo me crezco, abro la ventana sin apartar mis ojos de los suyos, apoyo los codos en el alfeizar y saco un poco mi cuerpo como para acercarme ms, como para golpearle ms fuerte. Vuelve a apartar la mirada un leve instante pero persiste. S que lo tengo, que es cuestin de tiempo el que ceda, lo s porque me mira sin apenas conviccin y yo puedo sentir las llamas brotando de mi nervio ptico. Finalmente cede, aparta sus ojos de los mos y se retira de la ventana con expresin apesadumbrada. Lo he vencido, por fin. Todava estoy un par de horas mirando su ventana vaca como si l continuara all, mis ojos saborean el triunfo escudriando su habitacin, como si quisieran atravesar los tabiques y el ladrillo. Creo que si durante esas dos horas – de la victoria – hubiera salido de nuevo habra podido radiografiar hasta el rincn ms oscuro de su alma. Pero no vuelve a salir as que me retiro yo tambin. Decido celebrarlo con una cerveza fra y esta vez me lo un cigarrillo perfecto. Voy a por otra cerveza y a travs de la ventana de la cocina, que da a un patio interior veo a una vecina en su cocina, decido acercarme a la ventana y mirarla. Ella me ve y primero retira sus ojos de los mos, pero luego vuelve a mirar para ver si contino mirndola, y esta vez ya no se retira.
Todava tengo una pequea libreta con las tapas de cartn negro. Antes no sala de casa sin ella, la meta en el bolsillo de detrs de los vaqueros y me lanzaba a recorrer la ciudad en busca de cosas que anotar. Anotaba con un pequeo lpiz el cual afilaba a tajos, nada de sacapuntas y artilugios extraos. Anotaba todo aquello que senta que deba de anotar: cosas extraas o extraordinarias pero tambin cosas corrientes, cotidianas. Slo yo saba cuando sacar la libreta y anotar y cuando dejarla en el bolsillo, atenda a mi instinto o a mis sensaciones ante lo que me rodeaba, a veces me iba fijando o no, pero casi siempre anotaba algo. Un da en el autobs vi un chico sentado un par de asientos delante del mo que escriba en una libreta como la ma, as que saqu mi libreta y apunt que un chico anotaba cosas en una libreta mientras iba en el autobs. Cuando termin el chico se estaba bajando del autobs. Lo observ por la ventanilla perderse en la ciudad mientras el autobs avanzaba de nuevo. Cuando me levant para bajarme yo, me percat que se haba dejado su libreta en el asiento de al lado de donde iba sentado, as que la recog, pobrecita.
Luego, en una cafetera, anot que haba recogido una libreta negra como la ma en el autobs mientras el camarero me serva una caf con leche cargado. Entre sorbo y sorbo de caf comenc a leer las anotaciones de la libreta que me haba encontrado y sent que deba anotar las anotaciones de la libreta encontrada en mi propia libreta, atendan a cosas extraas o extraordinarias pero tambin a cosas corrientes y cotidianas. Me llev casi toda la tarde y unos cuantos cafs y cuando termin anot tambin que haba estado toda la tarde anotando lo que haba anotado en otra libreta. Anot que lo que haba anotado en la libreta era que todava tena una pequea libreta con las tapas de cartn negro. Que antes no sala de casa sin ella, la meta en el bolsillo de detrs de los vaqueros y me lanzaba a recorrer la ciudad en busca de cosas que anotar. Que anotaba con un pequeo lpiz el cual afilaba a tajos, nada de sacapuntas y artilugios extraos. Anot que anotaba todo aquello que senta que deba de anotar: cosas extraas o extraordinarias pero tambin cosas corrientes, cotidianas. Anot que slo yo saba cuando sacar la libreta y anotar y cuando dejarla en el bolsillo, que atenda a mi instinto o a mis sensaciones ante lo que me rodeaba, y que a veces me iba fijando o no, pero casi siempre apuntaba algo. Anot que un da en el autobs vi un chico sentado un par de asientos detrs del mo que escriba en una libreta como la ma, as que saqu mi libreta y apunt que un chico anotaba cosas en una libreta mientras iba en el autobs. Anot que cuando termin, el chico se estaba bajando del autobs y que lo observ por la ventanilla perderse en la ciudad mientras el autobs avanzaba de nuevo. Anot que cuando me levant para bajarme, me percat que se haba dejado su libreta en el asiento de al lado de donde iba sentado, as que anot que recog la libreta olvidada, pobrecita.
La vida es un tablero de ajedrez dividido en 64 escaques y las figuras somos nosotros.
Estn los torre, que aunque fronterizos y contundentes a primera vista, finalmente, resultan grandullones y bonachones. Pese a que no lo parezca, siempre estn avizor en pos de sus oportunidades, las cuales no aprovechan, sino que aplastan. Torpes en las distancias cortas, tratan de pasar desapercibidos, de formar parte del paisaje, eso si, cuando los llaman nunca faltan a la cita.
Estn los caballo. Los caballo son por lo general muy inestables y esquivos. No suelen parar quietos en un mismo lugar mucho tiempo y necesitan libertad y grandes espacios. Comprendern entonces que tambin son bastante independientes, no les gusta rendir cuentas a nadie. Son muy incisivos a la hora de lograr sus objetivos, no huyen del conflicto, ms bien, parecen sentirse cmodos en mitad de l.
Estn los alfil. Gente extraa y misteriosa. Altos y espigados, seran majestuosos sino caminaran de esa manera tan sibilina. Prefieren los lugares tranquilos y suelen ser bastante sosegados. Saben mantener la calma hasta que la pierden, momento en el que se convierten en impredecibles y de lengua mordaz, lo que termina siendo su perdicin.
Tambin estn los reina. Puro morbo, lo tienen todo pero aun as lo arriesgan. Son verstiles, parecen haber nacido para lo que se estn dedicando, avanzan y retroceden con ahnco y su seguridad en si mismos muchas veces los hace ir ms all de donde debieran. Suelen ser respetados e incluso temidos. No siempre acaban triunfantes.
Estn los rey. Los rey despiertan la devocin de unos y la ira de otros. Saben como rodearse de los suyos y son muy hogareos. Ejercen de perfectos anfitriones, sirven el t con lentitud y parsimonia, les gusta fumar en pipa al calor del hogar y rara vez salen de viaje. Su aparente fragilidad los hace vulnerables, su sosiego y paz interior despierta la envidia de todos aquellos que inexplicablemente tan slo buscan perturbarles. Sus corazones son inofensivos pero levantan pasiones.
Por ltimo estn los peones. Son la camaradera, la algaraba del grupo de amigos que aprovecha cualquier ocasin para tomar unas cervezas tras la jornada sin pasar por casa siquiera. Suelen destilar oficio, carpinteros con viruta en el fondo de los bolsillos, mecnicos con las manos llenas de grasa. Son el resignado pan para hoy y hambre para maana. Son la esencia de toda revolucin, el jaque mate del pueblo llano.
La ciudad es gris. Es por la niebla, que mata los colores y lo apesta todo con su olor a azufre. Todo el mundo sale a la calle con enormes paraguas para protegerse de la niebla que cala, que arropa con su abrazo hmedo. Todos caminan bajo los paraguas y ya nadie se fija en nadie, tan slo se ven los pies y logran as esquivarse cuando se cruzan por la calle o por la plaza. Yo los veo pasar desde mi banco. Podra decirse que soy un valiente, o un pionero, pero es que cada vez soporto menos el estar encerrado en mi casa, sin nada que hacer excepto mirar por los ventanales que dan a la avenida. Todos los das me aventuro sin capucha, paseo hasta la plaza y me siento en el banco a dar de comer a las palomas. Creo que soy el nico que lo hace. Puede que por la niebla o puede que porque las palomas ya no son palomas como las de antes. Ahora hay menos y son ms esquivas. Sus picos se han curvado y tienen garras de guila. Cuando no encuentran qu comer se devoran entre ellas. Por eso las doy de comer siempre que puedo. Les gustan las cucarachas, as que antes de salir a pasear, bajo al stano de mi edificio con una caja de cartn y atrapo unas cuantas, cuando llego a mi banco abro la caja y huyen despavoridas en todas las direcciones y sus patas suenan en el firme, como si fueran alfileres cayendo, clic, clic, clic… y las palomas llegan volando por decenas y las hacen crujir con sus picos.

Lo cierto es que no puedo evitarlo. Llego a casa y es lo primero que hago. Me acerco a la ventana del saln para ver si est. Si est me tumbo en el silln y enciendo el televisor con el mando a distancia, sintonizo las noticias y hago que las veo pero en realidad miro por la ventana. Si no est voy a mi habitacin y cojo mi libreta, luego vuelvo al saln, me siento en la mesa y anoto todo lo que pude ver la noche anterior, cuando termino, si no ha llegado, doy vueltas por la casa haciendo como que hago algo, limpiar las encimeras u ordenar el montn de revistas y vigilo hasta que llega.
Tampoco puedo evitar el repetirme constantemente que no est bien lo que hago, lo de mirar por la ventana, digo. Creo que estoy obsesionado y me siento como un espa, siento como si estuviera traicionando con cada uno de mis actos y una parte de mi lo rechaza y lo condena, pero la otra parte lo desea, desea mirar, lo desea tanto que al final siempre mira por la ventana si est, y si no est, apunta en la libreta, que es como volver a mirar por la ventana y ver lo mismo que la noche anterior.
As llevo algo ms de un ao. La calle es bastante estrecha y antes estaba flanqueada de rboles, pero los rboles crecan demasiado y los talaron, y un da llegu de trabajar y el paisaje de la ventana del saln cambi. Fue un cambio en el paisaje del barrio y en mi vida.
A veces me llevo la libreta al trabajo y la releo una y otra vez cuando voy en el autobs. Ya conozco los horarios y las rutinas, aunque a veces hay detalles que se me escapan o que cambian levemente, pero bsicamente cuando llega a su casa lo primero que hace es acercarse a la ventana del saln para ver si estoy. Si estoy se tumba en el silln y enciende la televisin con el mando a distancia, sintoniza las noticias y hace que las ve pero en realidad mira por la ventana. Si no estoy, imagino que ir a su habitacin y coger una libreta, volver al saln, se sentar en la mesa y anotar todo lo que vio por su ventana la noche anterior, cuando termine, si no he llegado, dar vueltas por la casa haciendo como que hace algo, limpiar las encimeras porque siempre las tiene limpias, ordenar sus revistas porque siempre las tiene ordenadas y vigilar hasta que yo llegue.
Ventanas, ilustracin de Ana Trello